
Todos los días sale un tonto a la calle: quien lo consiga, es suyo. Esa conseja tiene varias lecturas. El aprovechamiento fácil a costa del otro es una de ellas, matizada quizás por el agregado de que, desde esa óptica, hay que usar al otro cuanto más se pueda y si hubiera que joderlo, pues ni modo: daños colaterales que son inevitables en todo tipo de guerras. En el fondo, la tesis de una mal entendida supervivencia según la cual, en ese contexto, la forma de tener acaso la posibilidad de mantenerse y surgir implica entender al de al lado como un competidor que me acecha, entendiendo que se trata de él o yo. Y, por supuesto, yo primero. Claro, todo esto en el sobreentendido de que es lo económico (el di
nerillo, pues), lo que preponderantemente dibuja el sentido de la manutención y el surgimiento. La escasez –desde tantos planos-, la hostilidad, la ignorancia y la falta de sensibilidad tanto en el medio como en la persona, explicarían semejante concepción, incluso para darle su justificación. Y el que quisiera no practicar en y con su devenir desde estos supuestos, correrá el riesgo de ser tenido en la consideración de tal ambiente como el gran tonto que, de salir a la calle, podrá ser objeto de apropiación por parte de aquella viveza depredadora. Si es que lo permitiese, sea dicho. Habría que cambiar tanto, cada quien desde adentro y colectivamente en el afuera, para transmutar ese paradigma. Tirar la primera y sucesivas piedras sin esconder la mano.
Afilando el foco hacia la canción, es fácil toparse con que ésta
por lo general es tenida como una mercancía más en los ámbitos del negocio humano. Quienes lo tienen así de claro, juegan al juego de la cosa y objetivan de tal manera este qué hacer, que lo que importa por tanto es sólo el oficio productivo cuyo valor de consideración no es la mayor o menor realización humana, salvo que entendamos por tal la obtención de ese beneficio de intercambio comercial que pone de acuerdo a todos ellos, desde el creador, pasando por el fabricante, los demás intermediarios, y que por supuesto incluye en su término al consumidor. Entonces, de manera gruesa, se crean y practican toda clase de recetas en la cadena que, cuando resultan, deja muy contentos a sus
integrantes. Por supuesto que dentro de tal entorno se hallan por un lado los listos y por el otro los tontos-que-todos-los-días-salen-a-la-calle, y constantemente somos testigos de la burbujeante rapiña que llega a armarse en esos predios, porque la trascendencia se hace palpable gracias a sus medios de difusión que se encargan de exponer la situación como ejemplo de y reforzamiento a la viveza.
Pero entonces también están los tontos-de-todos-los-tontos, esos extraterrestres vitales o degeneraciones del cómo se plantea la cosa, quienes quisieran hacer y realizar desde una dimensión a
jena a la apenas mencionada, pero inevitablemente dentro del circuito social donde impera la macolla. Esos son los peores, aunque si son susceptibles de producir beneficio, pasan de un tirón a ser los mejores: la utopía y la inocencia rindiendo frutos, ¡habrase visto! Hay incluso algunos de ellos quienes, dándose cuenta del hecho y sus circunstancias, son capaces de recurrir al método del aprovechamiento del otro sobre sí para simplemente poder hacer; sin embargo, estarán también quienes, a pesar de todo, decidirán por el no hacer desde dichas condiciones sino esencialmente desde las propias: pobres seres que acelerarán con dolor adicional e innecesario su extinción darwiniana. Ciertamente ha habido casos excepcionalísimos de grandes-tontos que sí han podido hacer desde su tontería y que les ha ido extraña y paradójicamente bien, habiendo no obstante pasado por el filo de la navaja del aprovechamiento por parte del sistema. ¡Vaya racimo de cruces!
A estas alturas del discurso y la palabra, debo confesar con humildad que tenía el propósito de derivar la inicial idea hacia la dificultad que para
algunos se nos presenta, a la hora de negociar con disqueras (y resto de ese medio en general), teniendo en mano sólo canciones e intenciones que han salido del alma. Y además, plantear la necesidad que surge consecuencialmente de poder contar con la intervención de alguien (los llaman managers o manejadores o representantes) que, respetando a la obra y al obrador, intermediase con la dignidad y el equilibro que uno esperaría tuviesen quienes no tienen el alma en juego (comercial), pero en quienes sí jugase un sentido humano al momento de relacionarse. Había también la intención de mostrar lo terrible y dolorosamente difícil que resulta no poder o saber conseguirlo. Pero las manos hablaron por sí solas y, la verdad sea dicha, no quise contradecir ese resultado porque tal vez, en el fondo, era eso lo que precisaba exponer en esta oportunidad, en el marasmo de estos días. Así ha quedado y así lo he dejado. Probablemente se trate de querer irle otorgando sentido a las decisiones que he ido tomando y a las acciones que he venido realizando, con el fin de atenuar los temblores que asaltan cuando pienso en tantas cosas para las cuales no sé si he estado o estoy preparado. Por aquello de la supervivencia y quienes terminan siendo sus merecedores. A
unque viéndolo mejor, probablemente no haya habido mucho desfase entre lo hecho y lo pretendido, ya que usualmente muchas cosas se conectan a través de las esencias… En todo caso, aunque usted no sea un manejador, permítame someter modestamente a su entendimiento una brevísima solicitud que entiendo en beneficio del alma colectiva: por favor no olvide tener la mirada de la consideración y la comprensión puestas en la ruta del tránsito de sus días. Creo que es un ejercicio de crecimiento. No sé si muchos o pocos, pero sí lo apreciaremos enormemente.
nerillo, pues), lo que preponderantemente dibuja el sentido de la manutención y el surgimiento. La escasez –desde tantos planos-, la hostilidad, la ignorancia y la falta de sensibilidad tanto en el medio como en la persona, explicarían semejante concepción, incluso para darle su justificación. Y el que quisiera no practicar en y con su devenir desde estos supuestos, correrá el riesgo de ser tenido en la consideración de tal ambiente como el gran tonto que, de salir a la calle, podrá ser objeto de apropiación por parte de aquella viveza depredadora. Si es que lo permitiese, sea dicho. Habría que cambiar tanto, cada quien desde adentro y colectivamente en el afuera, para transmutar ese paradigma. Tirar la primera y sucesivas piedras sin esconder la mano. Afilando el foco hacia la canción, es fácil toparse con que ésta
por lo general es tenida como una mercancía más en los ámbitos del negocio humano. Quienes lo tienen así de claro, juegan al juego de la cosa y objetivan de tal manera este qué hacer, que lo que importa por tanto es sólo el oficio productivo cuyo valor de consideración no es la mayor o menor realización humana, salvo que entendamos por tal la obtención de ese beneficio de intercambio comercial que pone de acuerdo a todos ellos, desde el creador, pasando por el fabricante, los demás intermediarios, y que por supuesto incluye en su término al consumidor. Entonces, de manera gruesa, se crean y practican toda clase de recetas en la cadena que, cuando resultan, deja muy contentos a sus
integrantes. Por supuesto que dentro de tal entorno se hallan por un lado los listos y por el otro los tontos-que-todos-los-días-salen-a-la-calle, y constantemente somos testigos de la burbujeante rapiña que llega a armarse en esos predios, porque la trascendencia se hace palpable gracias a sus medios de difusión que se encargan de exponer la situación como ejemplo de y reforzamiento a la viveza.Pero entonces también están los tontos-de-todos-los-tontos, esos extraterrestres vitales o degeneraciones del cómo se plantea la cosa, quienes quisieran hacer y realizar desde una dimensión a
jena a la apenas mencionada, pero inevitablemente dentro del circuito social donde impera la macolla. Esos son los peores, aunque si son susceptibles de producir beneficio, pasan de un tirón a ser los mejores: la utopía y la inocencia rindiendo frutos, ¡habrase visto! Hay incluso algunos de ellos quienes, dándose cuenta del hecho y sus circunstancias, son capaces de recurrir al método del aprovechamiento del otro sobre sí para simplemente poder hacer; sin embargo, estarán también quienes, a pesar de todo, decidirán por el no hacer desde dichas condiciones sino esencialmente desde las propias: pobres seres que acelerarán con dolor adicional e innecesario su extinción darwiniana. Ciertamente ha habido casos excepcionalísimos de grandes-tontos que sí han podido hacer desde su tontería y que les ha ido extraña y paradójicamente bien, habiendo no obstante pasado por el filo de la navaja del aprovechamiento por parte del sistema. ¡Vaya racimo de cruces!A estas alturas del discurso y la palabra, debo confesar con humildad que tenía el propósito de derivar la inicial idea hacia la dificultad que para
algunos se nos presenta, a la hora de negociar con disqueras (y resto de ese medio en general), teniendo en mano sólo canciones e intenciones que han salido del alma. Y además, plantear la necesidad que surge consecuencialmente de poder contar con la intervención de alguien (los llaman managers o manejadores o representantes) que, respetando a la obra y al obrador, intermediase con la dignidad y el equilibro que uno esperaría tuviesen quienes no tienen el alma en juego (comercial), pero en quienes sí jugase un sentido humano al momento de relacionarse. Había también la intención de mostrar lo terrible y dolorosamente difícil que resulta no poder o saber conseguirlo. Pero las manos hablaron por sí solas y, la verdad sea dicha, no quise contradecir ese resultado porque tal vez, en el fondo, era eso lo que precisaba exponer en esta oportunidad, en el marasmo de estos días. Así ha quedado y así lo he dejado. Probablemente se trate de querer irle otorgando sentido a las decisiones que he ido tomando y a las acciones que he venido realizando, con el fin de atenuar los temblores que asaltan cuando pienso en tantas cosas para las cuales no sé si he estado o estoy preparado. Por aquello de la supervivencia y quienes terminan siendo sus merecedores. A
unque viéndolo mejor, probablemente no haya habido mucho desfase entre lo hecho y lo pretendido, ya que usualmente muchas cosas se conectan a través de las esencias… En todo caso, aunque usted no sea un manejador, permítame someter modestamente a su entendimiento una brevísima solicitud que entiendo en beneficio del alma colectiva: por favor no olvide tener la mirada de la consideración y la comprensión puestas en la ruta del tránsito de sus días. Creo que es un ejercicio de crecimiento. No sé si muchos o pocos, pero sí lo apreciaremos enormemente.


