
Cuando a comienzos de febrero de 1992 entré en la oficina del Director General de aquella transnacional del disco, ciertamente fui recibido tan cortésmente como hacía tres años y pico atrás. Como intuía el valor del tiempo de una persona en semejante cargo, fui directamente al grano: extraje de mi portafolio, colocándolos sobre el escritorio, algunos ejemplares de un disco completamente terminado y que tenía por título Poetas. Se trataba de la musicalización que había hecho de textos poéticos de autores venezolanos, cantados por este servidor con el acompañamiento de la banda de músicos conformada para tal fin, de nombre So
lamente Todos. Inmediatamente dije que sometía a la consideración de aquella disquera la edición, distribución y promoción de esa producción. El hombre quedó algunos segundos alternando su mirada entre los discos y mi persona, para luego, con una sonrisa tanto amplia como socarrona, preguntar así como si nada:
- ¿Por qué demoraste tanto?
Fue debido a la sensibilidad particular con que debía ser emprendido ese proyecto, cuya finalidad era la de querer reflejar y traducir su esencia vinculada con el hecho creativo: el poema, la música, los poetas, los músicos, y, en general, la poesía misma. Me pareció congruente que, así como en el proceso de musicalización había tenido muy en cuenta procurar decir el poema (aunque inevitablemente d
esde la percepción del musicalizador, pero de eso se trataba), los músicos que interviniesen en el proyecto tenían igualmente que participar creativamente de manera individual y colectiva en la elaboración de los arreglos y en la interpretación de los mismos. El gran requisito era sentir con el alma esas canciones (música y la letra por igual). Muchos fueron los intentos infructuosos de querer hallar ese perfil, porque estaba partiendo casi desde cero, y mis recursos económicos no eran los suficientes para enfrentar ese propósito de una forma profesional, como suelen llamar eufemísticamente al cuánto hay pa´eso. Lo único que podía ofrecer era, además de una experiencia creativa que prometía ser interesante, mi resolución de que el resultado final sería un disco y de que me las ingeniaría de alguna manera para conseguir decentes honorarios profesionales a quienes me acompañaran. Debí comprender la suspicacia con que varias veces fui tratado porque las personas quieren protegerse de los charlatanes sueltos por el mundo, los aprovechadores de oficio; pero por otro lado debo decir que, indudablemente, me topé con muchas incomprensiones injustificables. Pero, después de todo, la perseverancia y la buena fortuna hicieron posible la conform
ación de una agrupación de músicos ganados favorablemente a la idea, que pusieron toda su dedicación, empeño y convicción en un proceso que además de artístico, fue afortunadamente colmado de mucha humanidad, por supuesto en nada exento de errores, imprecisiones y novatadas.
Fue porque se trató de un dedicarse artesanalmente a la elaboración conjunta de una propuesta que amalgamase la diversidad de tantos poemas como poetas, todo en un discurso musical homogéneo. Desde que empezamos a trabajar, fueron seis meses de sucesivos encuentros ideando los arreglos, y doce meses adicionales de ensayos en los que siempre debimos prestar particular atención a las posibilidades de tiempo de cada uno de nosotros, porque como era de esperar, cada quien debía ocuparse de atender su propia cotidianidad. Igualmente fue necesario (y trabajoso) conseguir un lugar para ensayar donde no tuviésemos
que pagar alquiler ni molestásemos a nadie acústicamente. Todo eso se logró con mucha mística y gracias también a la solidaridad de personas que siempre estuvieron a la altura de la verdadera amistad.
Fue porque, una vez que nos sentimos preparados, había que grabar. Costeé (ahí no me salvé) la realización de un demo en el estudio de un conocido, el cual luego acompañé de un proyecto que presenté en un banco para que patrocinara los gastos de grabación discográfica de un trabajo musical que pretendía colaborar en la proyección de la poesía venezolana. La idea era hacer una edición de ese material que el banco conservaría para distribuirla privadamente a propósito de fechas navideñas que se aproximaban, dejándome en propiedad el master y algunos ejemplares del disco. La propuesta fue inicialmente bien acogida aunque con algunas dudas sobre nuestra capacidad de llevarla a cabo, por lo que decidí producir por mi propia cuenta (aquí tampoco me salvé) un concierto en el Teatro Nacional que las despej
ara. Para ese momento era todo o nada. Para fortuna nuestra, el concierto salió bien, fue favorablemente bien reseñado por los medios, y el banco aprobó el patrocinio. Ahora había que conseguir el estudio, el ingeniero de sonido, un encargado de la producción de campo.
Fue porque grabación, mezcla y masterización demoraron dos meses. Las pautas fueron fijadas en horas de la noche debido a que, siendo yo el productor y director general, y debido a que trabajaba como abogado durante el día, era el espacio de tiempo con que contaba para tal fin. Comenzaban a las nueve de la noche y llegaron a extenderse hasta las cuatro de la mañana. De ahí salía a dormir unas tres horas para luego ir a mi trabajo diurno, del cual salía como a las siete de l
a noche, para ir otra vez al estudio. Ya en esa recta final se habían deteriorado, entre otras cosas y entre otras causas, una relación de pareja y mi salud. Pero quedaba por resolver la replicación de los discos, diseñar el arte gráfico y entregar lo acordado al banco patrocinante.
El Director General de aquella transnacional del disco me había hecho su pregunta. En el lapso de tiempo que medió entre su formulación y
lamente Todos. Inmediatamente dije que sometía a la consideración de aquella disquera la edición, distribución y promoción de esa producción. El hombre quedó algunos segundos alternando su mirada entre los discos y mi persona, para luego, con una sonrisa tanto amplia como socarrona, preguntar así como si nada:- ¿Por qué demoraste tanto?
Fue debido a la sensibilidad particular con que debía ser emprendido ese proyecto, cuya finalidad era la de querer reflejar y traducir su esencia vinculada con el hecho creativo: el poema, la música, los poetas, los músicos, y, en general, la poesía misma. Me pareció congruente que, así como en el proceso de musicalización había tenido muy en cuenta procurar decir el poema (aunque inevitablemente d
esde la percepción del musicalizador, pero de eso se trataba), los músicos que interviniesen en el proyecto tenían igualmente que participar creativamente de manera individual y colectiva en la elaboración de los arreglos y en la interpretación de los mismos. El gran requisito era sentir con el alma esas canciones (música y la letra por igual). Muchos fueron los intentos infructuosos de querer hallar ese perfil, porque estaba partiendo casi desde cero, y mis recursos económicos no eran los suficientes para enfrentar ese propósito de una forma profesional, como suelen llamar eufemísticamente al cuánto hay pa´eso. Lo único que podía ofrecer era, además de una experiencia creativa que prometía ser interesante, mi resolución de que el resultado final sería un disco y de que me las ingeniaría de alguna manera para conseguir decentes honorarios profesionales a quienes me acompañaran. Debí comprender la suspicacia con que varias veces fui tratado porque las personas quieren protegerse de los charlatanes sueltos por el mundo, los aprovechadores de oficio; pero por otro lado debo decir que, indudablemente, me topé con muchas incomprensiones injustificables. Pero, después de todo, la perseverancia y la buena fortuna hicieron posible la conform
ación de una agrupación de músicos ganados favorablemente a la idea, que pusieron toda su dedicación, empeño y convicción en un proceso que además de artístico, fue afortunadamente colmado de mucha humanidad, por supuesto en nada exento de errores, imprecisiones y novatadas.Fue porque se trató de un dedicarse artesanalmente a la elaboración conjunta de una propuesta que amalgamase la diversidad de tantos poemas como poetas, todo en un discurso musical homogéneo. Desde que empezamos a trabajar, fueron seis meses de sucesivos encuentros ideando los arreglos, y doce meses adicionales de ensayos en los que siempre debimos prestar particular atención a las posibilidades de tiempo de cada uno de nosotros, porque como era de esperar, cada quien debía ocuparse de atender su propia cotidianidad. Igualmente fue necesario (y trabajoso) conseguir un lugar para ensayar donde no tuviésemos
que pagar alquiler ni molestásemos a nadie acústicamente. Todo eso se logró con mucha mística y gracias también a la solidaridad de personas que siempre estuvieron a la altura de la verdadera amistad.Fue porque, una vez que nos sentimos preparados, había que grabar. Costeé (ahí no me salvé) la realización de un demo en el estudio de un conocido, el cual luego acompañé de un proyecto que presenté en un banco para que patrocinara los gastos de grabación discográfica de un trabajo musical que pretendía colaborar en la proyección de la poesía venezolana. La idea era hacer una edición de ese material que el banco conservaría para distribuirla privadamente a propósito de fechas navideñas que se aproximaban, dejándome en propiedad el master y algunos ejemplares del disco. La propuesta fue inicialmente bien acogida aunque con algunas dudas sobre nuestra capacidad de llevarla a cabo, por lo que decidí producir por mi propia cuenta (aquí tampoco me salvé) un concierto en el Teatro Nacional que las despej
ara. Para ese momento era todo o nada. Para fortuna nuestra, el concierto salió bien, fue favorablemente bien reseñado por los medios, y el banco aprobó el patrocinio. Ahora había que conseguir el estudio, el ingeniero de sonido, un encargado de la producción de campo.Fue porque grabación, mezcla y masterización demoraron dos meses. Las pautas fueron fijadas en horas de la noche debido a que, siendo yo el productor y director general, y debido a que trabajaba como abogado durante el día, era el espacio de tiempo con que contaba para tal fin. Comenzaban a las nueve de la noche y llegaron a extenderse hasta las cuatro de la mañana. De ahí salía a dormir unas tres horas para luego ir a mi trabajo diurno, del cual salía como a las siete de l
a noche, para ir otra vez al estudio. Ya en esa recta final se habían deteriorado, entre otras cosas y entre otras causas, una relación de pareja y mi salud. Pero quedaba por resolver la replicación de los discos, diseñar el arte gráfico y entregar lo acordado al banco patrocinante.El Director General de aquella transnacional del disco me había hecho su pregunta. En el lapso de tiempo que medió entre su formulación y
mi respuesta, me representé explicarle acaso una apretada síntesis de lo que significó hacer ese disco. Pero intuyendo el valor del tiempo de una persona en



emejante cargo, la pertinencia en ese momento de una explicación así representada y el tono de su pregunta, sólo se me ocurrió responder desde una sonrisa semejante a la suya, así como si nada: