jueves 31 de julio de 2008

Sentido de Vida


Sólo quería cantar unas canciones. Y no es poca cosa. Descubrir la vocación, tomar la guitarra como punto de partida para la expresión del canto, dedicarse a componer, decidir qué de lo creado verdaderamente expresa, y con lo escogido trabajar afanosamente para que su resultado quede expuesto de la mejor manera posible, para que por fin uno pueda atreverse a compartirlo con los demás. Se dice rápidamente, pero lleva lo suyo. Años. Cuando hubo llegado el momento de considerar elevar la propuesta más allá, porque se trataba de algo a lo que uno había decidido darle un sentido especial, una condición de ejercicio vital, justamente allí comenzó otra etapa en la cual fue posible sentir –padecer- inmediatamente lo empinado y escabroso que implicaba desarrollar el empeño, debido a una serie de variables que en muy poco dependían de la condición o del esfuerzo de quien debía hacerlo. Porque en esto, como en tantas cosas, no se trata solamente de poseer o no talento.

Sólo quería cantar unas canciones. Y sucedió por fin que un día me vi ante la encrucijada: dejar esa expresión únicamente en el desenvolvimiento de una esfera restringida a lo inmediato de mi entorno, o hacer además los intentos que se me ocurrieran necesarios para alcanzarla hasta más allá. Creer sinceramente en lo que había ya realizado me inclinó por el camino amplio. Pero por dónde empezar a recorrerlo era lo difícil de decidir. Cuando hay que comenzar desde cero, y teniendo como propósito eso de esencialmente querer compartir unas canciones, como decir querer compartirse uno mismo con los demás pero desde el ser, sin cortapisas exteriores –menos aún las impuestas-, al camino como que comienzan a salirle espinas y silencios. Pero uno empieza a buscar y buscar y a seguir buscando siempre. Y uno empieza también a conseguir y a darse cuenta.

Desde el principio no tuve que hacer grandes elucubraciones para percatarme de que había nacido para martillo, pero que del cielo no me caerían los clavos. El problema llegó a consistir en que para fabricar los clavos y escoger la madera para clavarlos, tendría que hacer una serie inmensa de actividades que en nada se parecían a componer y cantar canciones, y que requerían de una gran inversión de tiempo y energía, tanta como componer y cantar, pero que le sustraerían lo que necesitaban estas dos actividades que, a fin de cuentas, eran la esencia de todo lo demás. Contradicción, paradoja o lo que fuese, no quedaba otra alternativa que proceder en consecuencia, aunque tratando de balancear esos dos extremos de la incertidumbre. El silencio fue una hipótesis que no sería objeto de consideración como una elección consciente, por un lado; y por el otro, estaría dispuesto a realizar todo lo necesario, sí, pero sin querer pasar por encima de nadie, incluyéndome. En todo esto habría que incluir también lo de tener que ganarse el sustento: desde una perspectiva como la que estaba escogiendo, aquello habría de convertirse en un dolor de cabeza adicional que siempre ha sido persistente.

Supongo que hay que tener mucho de confianza, esperanza, inocencia y osadía para embarcarse así en tal empresa. Y si bien decidí cantar estas canciones preferiblemente donde sí quisieran escucharlas, también decidí hacerlo con la voz más entera y firme que pudiese conseguir, aún a pesar de la sombra acechante del silencio, mi gran contendor. No obstante fíjense por favor, antes y después de todo, sólo quería cantar unas canciones. Y las he ido cantando, sí; a golpes y porrazos, sí; con todas sus notas y todas sus palabras, sí… y ciertamente de una manera que he creído bien parecida a mí esencia, compartiéndola sin más con quien ha querido acercarse con oídos frescos y humanos. En el contexto global eso es una fortuna y, en cierta medida, un éxito. Así entonces. Así, por lo menos, hasta hoy. Algunos me han dicho que eso define a la terquedad; otros, a lo inconveniente; más allá, a lo utópico. Podría responder a eso, en primera instancia, permutando con los términos perseverancia, necesario y posible; sin embargo, en definitiva, se trata de un sentido de vida. Nada más. Pero nada menos.


sábado 12 de julio de 2008

Exposición de Motivos


Porque somos la palabra con la que pensamos y la palabra con la que decimos. Porque enunciar es un ejercicio maravilloso, fecundo, con el que bautizamos y rebautizamos el mundo; porque es también la forma por excelencia para entender y hacernos entender (o como mínimo, para hacer el intento). Porque cuando la palabra nos falta (más o menos) o le faltamos a la palabra (más o menos), perdemos en esa medida un atributo preciado de nuestra condición humana.

Porque gusto de la palabra. Porque celebro su ser como hecho de vida, aunque sé que me faltará vida para conocer y adentrarme por toda su madeja; en todo caso, porque procuro con cada día hacerle un espacio nuevo, otro giro en mi alma que signifique un próximo descubrimiento, un enlace más, que acaso sea el atrevimiento de querer inmiscuirme todo lo que pueda en la percepción de este tránsito que, por un escasísimo tiempo de existencia, nos es dado realizar.

Porque somos el intento. Porque hay veces en que no alcanzamos a la palabra; como hay otras en que ella, simplemente, no basta. Porque entonces nos quedan el recogimiento y la humildad del silencio ante lo asombroso y a veces terrible de lo innombrable. Porque acaso sea por esta ocurrencia que el ser humano inventó el poema: para tener aunque sea una manera de pretender la generación de algún vaso comunicante con la poesía. Para tratar de asirla, sentirla, serla… Y para tratar de compartirla.

Porque este vehículo, capaz de contener emociones expuestas de la mano con la intención y que llamamos poema, es un muy amplio depositario de nuestro ser. Porque también se manifiesta de vastas formas. Porque entiendo al poema desde una perspectiva casi infinita -como pudiese ser imaginada la infinitud de la creatividad- aunque me refiera sólo por este instante al poema expuesto en la palabra dicha a viva voz, escrita o cantada.

Porque me fui construyendo primero como ser, luego como artista, gracias a la palabra dicha y cantada de tantos buenos escritores y trovadores, a cuyo trabajo tuve la fortuna de acceder y que, pretendiéndolo o no, sembraron una semilla por la que no tendré vida suficiente para dar mi agradecimiento.

Porque al lado de las propias canciones con las que empecé a ejercerme como trovador, me vi -al cabo del tiempo y el resultado- descubriendo musicalidades en ciertos poemas de otros que decían la vida de una manera que, en mi interior, se volvían sin más canciones que necesitaba cantar.

Por esas razones que pudieran parecer esbozos, y otras semejantes para cuya exposición me faltan justamente las palabras, fue que a la hora de representarme la realización de un primer disco, tomé la decisión de hacerlo con las musicalizaciones que había realizado de textos poéticos de autores venezolanos. Sabía lo que me esperaba como consecuencia de esa decisión, habida cuenta las experiencias anteriores. Para algo tenían que servir el darme cuenta; el empeño-casi-terquedad; el sentido de importancia que otorgué al qué hacer y al cómo; y, por qué no, la juventud. Con lo anterior, tenía entonces las canciones y un título para el álbum: “Poetas”. Faltaba todo lo demás.