jueves 29 de mayo de 2008

Breve Carrera Comercial (o "quién ha visto un negro como yo")

Tú estás loco, Claudio; el tipo de canción que yo hago no tiene nada que buscar ahí. Pero Claudio, con verborrea llena de mucha convicción, fue tercamente insistente: que me dejara de pendejadas, que no tenía nada qué perder y sí mucho que ganar, que hasta cuándo iba a seguir yo con esa actitud floripondia de una canción que no pensaba en lo comercial, que había que hacer concesiones y dejar de ser un pela bolas prejuiciado. Aún sabiendo que su intención de ayudarme era sincera, continué tratando de contarle fallidas experiencias anteriores y de mi impresión de que la gente que maneja esos circuitos suele no querer nada con propuestas como la mía, agregándole que mi propósito no era hacer apología del pelabolismo floripondiano o desvalorizar el dinero habido en buena lid. Pero ya sabía que él no deseaba escuchar ese tipo de razones. Muy inteligentemente remató con aquello de que si no lo probaba cómo podría realmente decir que no había valido la pena. No había terminado de aceptar –con desgano- cuando me informó que la recepción de grabaciones de canciones terminaba al día siguiente. ¡Qué bolas, yo no tengo grabaciones hechas! Pues ponte las pilas de una vez. Y colgó el teléfono.

Con un plazo tan perentorio y sin posibilidades de hacer algo mejor, aunque fuese por orgullo propio, tuve que recurrir al grabador portátil con micrófono incorporado, colocarle el cassette, tomar la guitarra, presionar simultáneamente play + rec, y ponerme a cantar una canción del desamor de pareja que alguna vez había compuesto. La tercera toma me pareció decente, así que hice un paquete colocándole los datos de identificación y ubicación, para enseguida dirigirme a la planta de televisión del canal 8 con el objeto de inscribirme en un concurso abierto, donde sería escogido (entre los finalistas y por votación de un jurado calificador) nada menos que el representante venezolano para El Festival OTI de la Canción 1988.

Salí de esa oficina destornillado de risa porque, con una presentación tan precaria, daba por sentado que ni me llamarían por teléfono para darme el resultado. Pero sí me llamaron. Una voz de mujer muy neutra me comunicó por teléfono que, entre trescientos y pico de aspirantes, habíamos sido seleccionados doce para la final que se realizaría en la Sala Mata de Coco, en ceremonia transmitida en vivo y directo a todo el país por la emisora de televisión. Y muy importante: en tres días debe consignar el arreglo original para orquesta y el nombre del director que lo acompañará en su interpretación, buenas tardes. Y colgó.

En sus marcas, listos… ¡Partida! Arranqué como lo haría mucho después la protagonista de Lola, corre, Lola. Mi primera y principal parada fue en la casa de un ser humano espléndido llamado Miguel Delgado Estévez, quien se cayó de culo cuando supo lo que esperaba de él, de mis nulas posibilidades económicas y de cuál canción se trataba. Una vez recuperado terminó por aceptar, pero eso sí, ya que vamos a jugar a la canción comercial, y siendo la tuya muy trovosa, el arreglo que haré va a ser el del propio tema OTI. (Pasaría dos noches casi sin dormir para tenerlo a tiempo). Seguidamente mi amiga Jessica me aconsejó un buen vestuario, para lo cual ofreció confeccionarme gratuitamente una chaqueta de cuero que estuviese a la moda. Y mi novia para entonces agregó que, por lo tanto, harían falta camisa y pantalón adecuados, por lo que me acompañó a escogerlos. Por otro lado, mi amigo Luis Carlos colocó el ya terminado arreglo de la canción en un secuenciador y me lo grabó en una cinta para que pudiera ensayar, sin cobrarme un medio. Me costó reconocer mi propia canción en esa versión OTI. A esas alturas de la carrera constantemente rondaba por mi cabeza la pregunta de qué carajos estaba haciendo. Pero había aceptado el desafío y por fin decidí llevarlo a cabo con todas las de esa Ley; es decir, el más puro barranco. Habiendo visto por la televisión a tantos cantantes comerciales, decidí seguir una especie de patrón de interpretación, sobre todo con lo relativo a los gestos corporales que son auténticos clichés, y con todo eso armé una especie de rutina que aprendí de memoria para ejecutarla exacta el día del festival, con apenas un solo ensayo con orquesta de por medio, una prueba de sonido de quince minutos por participante y toda la parafernalia promocional previa.

Al final del evento, el jurado dio su veredicto mencionando un nombre que no era el mío. Para ese momento me encontraba tranquilo y recibí el resultado con el alivio de que toda esa experiencia, con la parte de vértigo extraño que había tenido, hubiese al fin terminado. Sinceramente, en el fondo me incomodaba la posibilidad de extender todo aquel andamio hasta un nivel internacional, y hubiese sido cruel para conmigo, mis percepciones e ideales, que justamente de esa manera fuese cómo mi qué hacer en el canto tuviese posibilidad de alguna trascendencia. Así ni tendría sentido ni me serviría. Y ante aquello, en ausencia de otra alternativa, prefiero el anonimato y la escasez. Pero fuera del vértigo, debo rescatar de este episodio dos cosas: una, la importancia que para mí representó la solidaridad de las personas que pusieron su esfuerzo y buena voluntad para ayudarme tan humanamente; otra, que estando en el camerino luego de la presentación, vino uno de los organizadores con una tarjeta del Director General de una transnacional discográfica, con indicación de que lo contactara. Me la entregó diciéndome: No habrás ganado, pero estás llevándote el "premio". Vamos a ver, le contesté. Y efectivamente fui, pero cuando los ejecutivos encargados escucharon mis canciones, salieron a con el rosario de ¿no tendrás algo más comercial? Pensando en la conversación que había tenido con Claudio, en toda esta anécdota y en mí, simplemente declaré la verdad: que no. Me acompañaron muy gentilmente hasta la salida, aunque antes pasé rápidamente por la oficina del Director Gerente y le pregunté a boca de jarro: Si algún día me presentara aquí con un disco mío hecho a mi manera, totalmente terminado y de aceptable calidad, ¿ustedes lo admitirían? Como por veinte segundos mantuvimos la mirada fija el uno en el otro, y al final me expresó con palabras que sonaron francas: está bien, sí.

Habrían de pasar tres años con dos meses y otro lote de carreras (ya no estrictamente comerciales), para que pudiera presentarme una buena mañana en la oficina de aquel sorprendido hombre con un disco bajo el brazo. Pero como si se tratara de un cuento interminable, diremos con Michael Ende que esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

jueves 22 de mayo de 2008

Asuntos del Oficio

Hace ya muchísimos años leí, en una entrevista a un famoso músico, que había que ensayar 150% para esperar rendir cuando mucho un 80% al momento de ofrecer un concierto. Y es que suele ser así, porque juegan un sinfín de imponderables que podrían fastidiarnos la paciencia en el momento más inoportuno. Hay que prepararse lo mejor posible no sólo para la interpretación en sí, sino también para tratar de incorporar el eventual error en la dinámica de la actuación, con el objeto de hacerlo parecer imperceptible, minimizarlo, que pase por debajo de la mesa como si no hubiese ocurrido. Es igualmente útil tener en cuenta que, siendo humanos, ciertos deslices no llegarán a tener trascendencia alguna o serán considerados normales. Ha pasado que los asistentes, ante un acontecimiento semejante, sienten generosa comprensión y muestran su solidaridad con un cálido aplauso; pero otras veces ocurre todo lo contrario y, a quien tiene que padecerlo, suele entonces sobrevenirle una suerte de hecatombe del alma. Hay situaciones que pueden generarnos auténtico horror al momento de una presentación, como por ejemplo que a un guitarrista le dé un calambre en la mano, o a un cantante le dé un acceso de tos, hipo o estornudo. No hay nada más maluco que en medio de un recital sobrevenga la imperiosa necesidad de ir al excusado… ¿Y qué hace uno? ¿Decir simplemente con permiso, estimado público, en seguida regreso porque no me aguanto? ¡Qué barbaridad! A su manera, cada quien tomará sus previsiones como mejor sepa o pueda, pero cuando no resulte suficiente, tratará de hacer su mejor verónica; y si aun así no es suficiente, tendrá que aprender que vivir con lo sucedido e incorporarlo al anecdotario de bochornos. Así de sencillo.

Entre 1986 y 1989, como cantante y guitarrista, formé parte de AEDOS-Colectivo de Canto Popular. La labor de esa agrupación me cautivó desde el inicio: hacer fieles versiones al castellano de canciones de autores no hispanohablantes, con la finalidad de difundir su obra llena de sensibilidad e, incluso, compromiso social. Dirigidos por Pantelis Palamidis, montamos espectáculos con repertorio de creadores griegos, italianos, catalanes, franceses, portugueses, brasileños, irlandeses, ingleses y estadounidenses, que llevamos por diversos escenarios tanto de Caracas como del interior del país. De hecho, hoy en día aún conservo dentro de mi repertorio la versión que hice de una canción del trovador italiano Fabrizio de André, titulada Boca de Rosa, porque se trata de una canción que me hubiese gustado crear, y para rememorar esa experiencia feliz en mi vida musical.

Uno de esos conciertos fue en la ciudad de Valencia. Si recuerdo bien, la agrupación fue invitada a un acto organizado por representantes de la Comunidad Europea en Venezuela, dispuesto en una plaza pública. Aquello estaba lleno de gente. Había caído la noche cuando llegó nuestro turno de subir a la tarima y, al cabo, ya estábamos sonando lo mismo que disfrutando de nuestra intervención. ¡Qué sabroso es cuando estás mostrando algo por lo que has trabajado y te das cuenta de que va saliendo a las mil maravillas! Ya cercanos al final, muy lleno de esa emoción, me sentía especialmente inspirado mientras cantaba. Solté la frase previa al solo de saxofón que, en un crescendo con la banda, por fin me dejó servida la mesa para la apoteosis del tema. Y ahí estaba este servidor arrebatado, tomando la bocanada de aire con que continuaría el canto, a punto de constatar que dejarse llevar por excesivo ímpetu puede deparar sorpresas. Lo que ocurrió en ese instante me pareció una agónica eternidad: había olvidado la letra de la canción.

TODO EN APENAS UNOS SEGUNDOS: la adrenalina inundó mi cuerpo, un frío atroz me erizó el espinazo, las piernas se me pusieron como de goma, la piel se volvió un pergamino, mi ser todo se puso en automático y el cerebro giró a diez mil revoluciones por minuto buscando frenéticamente el archivo perdido que no aparecía a tiempo. Ante la terrible imagen de verme paradote, inmóvil, mudo, torpe y desgraciado, haciendo un papelote delante del público, de mis compañeros y de mí mismo, surgió una bizarra chispa (la única que temporal e insólitamente me ofreció la memoria desde un cuento que alguna vez escuché) que me permitiría girar groseramente el capote. Con el mejor acopio de histrión que puede rescatar, hice una farsa; esto es, simulé que cantaba… pero sin emitir sonido alguno. Enseguida pude notar cómo el operador de audio fue subiendo desesperadamente el volumen de mi micrófono hasta el punto de retroalimentación (feedback); sin embargo, yo seguía actuando como si nada aunque con mayor seguridad en cada segundo que iba transcurriendo. Y la memoria, cansada por la carrera que tuvo que pegar, finalmente llegó con la tan ansiada letra. De ahí en adelante fue pura carpintería: me alejé del micrófono, empecé a emitir la voz, lentamente me fui acercando otra vez al micrófono para que fuesen graduando el volumen y santo remedio. Claro, de ahí hasta su culminación, el concierto no fue lo mismo para mí.

Después de recoger mis cosas lo más rápidamente que pude, me quedé esperando en un apartado rincón el retorno a Caracas, sin querer saber de nada ni de nadie. De pronto, apareció el operador de audio. Creo que la culpa me hizo esperar de él un soberbio reclamo, pero para mayúscula sorpresa mía resultó que aquel hombre se había acercado únicamente para pedirme disculpas por lo ocurrido. Años más tarde, un amigo al que le conté todo esto, me dijo bromeando: le hubieses respondido al sonidista que lo perdonabas siempre y cuando no volviese a ocurrir. Jamás me hubiese atrevido a ser tan ruin, aunque debo confesar que sólo fui capaz de decirle, antes de invitarle una cerveza, algo así como a mí me ha pasado peor, mejor imaginemos que nunca sucedió. Mientras caminábamos, mentalmente iba tarareando una adaptación improvisada del ya legendario coro de Rubén Blades, porque además de sorpresas, la vida te da vergüenzas, vergüenzas te da la vida, ¡ay Dios!

martes 13 de mayo de 2008

Carta Inútil

Estimado Perrito:

Has llegado recientemente para engrosar filas en el nutrido grupo de mascotas perrunas que habita en las viviendas de nuestro vecindario, del cual uno se da cuenta cuando, por ejemplo en las tardes, es sacado a pasear a la calle con la consabida correa sujetando el cuello. Pero no fue por eso que supe de tu presencia sino por tus ladridos, que más que ladridos son aullidos, y más que aullidos, es franco llanto parecido al lamento de la más triste canción. Llevas como tres semanas llorando amargamente en arrebatos que pueden ocurrir ya durante el día, ya durante la noche temprana o la madrugada tardía.

Por la forma en que están dispuestos en el terreno, los edificios de esta urbanización forman cajas acústicas que hacen que los sonidos reboten por todos lados, permitiendo que los escuchemos aunque provengan de lugares relativamente distantes. Sí me consta que no vives en el edificio donde habito porque tu dolor suena desde más lejos, pero proviene de un sitio indeterminable para mí, a pesar de haberme asomado por mis ventanas o de haber bajado al estacionamiento o recorrido las áreas circunvecinas con la idea de ubicarlo, sin éxito alguno. No sé cuáles son tu raza, sexo, color, edad, nombre y demás señas particulares, por eso si te digo perrito es simplemente para tener alguna forma de nombrarte en esta carta que jamás pondré en un buzón y de la que jamás tú o tu dueño tendrán conocimiento. Disculpa por tanto que no pueda hacer nada mejor por ti que este desahogo textual de mi propia impotencia, basado únicamente en especulaciones que me asaltan producto de escuchar tu sufrimiento.

Fuiste llevado a ese apartamento para ser mascota de alguien que quería que lo acompañaras, lo cual ciertamente es razón acostumbrada para tener mascota; pero por lo oído, esa persona necesitada de tu presencia en su casa como que no piensa -o hace algo- respecto a tu propia necesidad de compañía cuando te deja solo para irse por ejemplo a trabajar (llanto del día), o cuando se va de rumba (llanto de la noche y la madrugada). Uno supone que los quejidos terminan cuando el fulano -pensando que fuese un varón- por fin regresa. Seguramente tú lo recibes con una alegría desmedida porque por un tiempo ya no te sentirás abandonado, y te dispensará, si acaso, algunos gestos cariñosos que no querrán saber para nada de tus vacíos y soledades, porque muy probablemente estará acariciando a un objeto que remedia su propia soledad con egoísmo. Hasta te (se) dirá qué perrito tan simpático tengo, siempre tan alegre, y si acaso te oye comenzando a llorar cuando está marchándose otra vez, se dirá mira cómo me quiere o sencillamente reflexionará un ya se acostumbrará… ¿Qué pasará con los vecinos inmediatos que sí saben exactamente dónde vives? ¿No son capaces de indicarle nada a ese fulano sobre lo que te ocurre cuando te quedas tan yermo, y si no fuese por consideración hacia ti, por lo menos para su propia tranquilidad? ¿Es tanta la indolencia? ¿O es que la respuesta del fulano pudiese ser un retrechero no se metan con mi vida, cual sería la misma de los vecinos de verse en una situación similar?

Cómo podrías saber, perrito, que personas así creen que lo tienen todo arreglado o resuelto, siendo capaces hasta de erigirse en férreos defensores de la justicia, la verdad, la democracia o demás hierbas con que aromatizan la imagen de seres cívicos que de sí mismos imaginan, sin darse cuenta de los alcances de aquellas palabras, y para ocultarse de sombras o miedos que quién podría suponer cómo los atormentarán en sus pesadillas más profundas, cuyo significado jamás querrían vislumbrar. No lo sabes pero sí lo sientes, estimo. Y tu sufrimiento me descalabra tanto más cuanto me cuestiona con el reflejo ante el que tu doble espejo me coloca, con las durezas de mis propios abandonos: los cometidos y los padecidos, justificables o no. Y todavía más allá, cuando me hace preguntar por aquellos defectos que yo pudiera tener y de los cuales aún no he podido darme cuenta.

El jueves pasado recomenzaste el canto de tu lamento a las siete de la noche. Yo iba a realizar un ensayo del repertorio que había escogido para una presentación que tendría al día siguiente; pero, en vez de eso y por dos horas y media, sólo estuve cantando las canciones más tristes que he compuesto. Me salió así porque, escuchándote, volví a pensar en ti, en mí y en todo esto. Creo que en el fondo tenía la esperanza de que sintieras de alguna manera que ese gesto iba dirigido a ti. Pero la última vez que entre sueños percibí el sollozo tuyo de aquel día, el reloj ya marcaba las cuatro y media de la madrugada. Probablemente tienes mejor suerte que otros más desamparados que tú, incluyendo seres humanos. Tal vez algún día terminarás por acostumbrarte a lo que te ocurre. Sinceramente no lo sé, perrito, como ya tampoco sé qué es lo que digo ni que más decir. Es que se me acabó la carta, perrito. Lo siento mucho, perrito. Adiós, perrito.

lunes 5 de mayo de 2008

La Historia de una Canción

Al comienzo de los años 70, a cierta emisora de radio caraqueña le dio por hacer recreaciones dramatizadas de lo que -debíamos pensar- habría sido el motivo que llevó a la composición de una canción que, a la sazón, estuviese de moda. Se trataba entonces una especie de novelita radial en una sola entrega, protagonizada por quien interpretaba tal canción, en la que luego de algunas truculencias seguidas del esperado desenlace, nos dejaban escuchar el tan ansiado tema musical, ahora sí perfectamente enterados de su fuente de inspiración. Ejemplo paradigmático que conservo en la memoria es la adaptación que hicieron para Hombre Formal, interpretada dramática y musicalmente nada menos que por Trino Mora: joya de colección que tal vez hoy esté conservada únicamente en el recuerdo de algunos pocos. Retrospectivamente, pienso que alguien pudo o pudiera considerar tales episodios como el pináculo de la cursilería hertziana, y tal vez con cierto fundamento, pero bueno, qué le vamos a hacer: ahí estaba este servidor dando sus primeros pasos en la adolescencia (y en la cursilería, pues) sintonizando su radio portátil, muy dispuesto a saber qué avatar del destino había sido tan poderoso como para que alguien compusiera una canción, la grabara en un disco y fuese presentada en el espacio La Historia de una Canción.

He llegado a la conclusión, ahora en términos generales, de que hay una suerte de natural curiosidad por informarnos de las circunstancias que generan en un artista la creación de una obra, particularmente si ésta nos gusta, ya que saberlas nos ofrece la contextualización que, a su vez, nos permite aprehender algo esencial de la creación humana y vincularlo a nosotros mismos como destinatarios y recreadores de esa experiencia. Y cuando no sabemos, nos lo suponemos o lo inventamos: todas las hipótesis posibles son susceptibles de generar la maravilla, aunque llegaran a fundarse en errores o falsos supuestos. Tomando en cuenta lo anterior y sumando el hecho de que mis canciones gravitan en un tercer sótano de la difusión (por lo que varias veces cuando las canto en público será la primera vez en ser escuchadas), es que desde hace años les hago una concisa introducción con la esperanza de generar el ánimo adecuado para su audición. Cada canción tiene sus propios vericuetos ya que son fundamentalmente vivenciales, pero hay una en especial que muy humildemente hubiese podido proponer, aún sin ser famosa, para un episodio radial de La Historia de una Canción.

Natalia vio la luz del mundo, estrenándome como papá, en noviembre de 1982. Para esa época puedo señalar que ya había tenido algunos montajes de experiencia en grupos teatro para niños, todos dirigidos por Armando Carías, en los que participé o como actor o como intérprete de las canciones de esas obras. Enseguida descubrí que una cosa es trabajar artísticamente para niños (que lleva lo suyo), y otra muy distinta es tener un bebé en casa. Salvo en clases de puericultura de bachillerato –con un muñeco de goma- jamás había cargado entre mis brazos, en este caso, a una recién nacida. Sería por falta de práctica o por sensación de tosquedad que me invadía, pero cuando me dijeron toma y me la dieron, juro que creí que se me iba a resbalar y acabaría espachurrada en el piso. Me alertaban así no, cuidado con la cabeza, y entonces sentía que era entonces su cabecita la que, para mi horror, se desprendería rodando en cámara lenta por todo mi cuerpo. Así las cosas, ya pasadas unas semanas, el destino por fin dispuso tuviera que quedarme cuidándola una tarde: ella y yo… solos. Me la dejaron dormida en su coche, recién cambiada, con un tetero de leche, otro de agua, pañales desechables, una lista de instrucciones, algunos números telefónicos, y fájese camarada. Estábamos en la sala. Por un rato fue la tranquilidad que aproveché para leer. Repentinamente, la explosión: un llanto largo y desgarrado saturó el ambiente, y de un brinco me acerqué. Traté de calmarla con voz pausada, pero nada; revisé el pañal, pero estaba intacto; le ofrecí agua y leche, pero no quería. Había que cargarla y así lo hice, rogando que me nacieran cuatro pares de brazos más para que no hubiese sorpresivos resbalones. Insistí con frases tranquilizadoras que, sin dar resultado, me hicieron pasar de inmediato a las canciones infantiles. Recurrí a todo el repertorio hasta el extremo de Palomita Blanca y Los Pollitos Dicen, pero no lograba sosegar a aquella criatura que ya empezaba a ponerse roja. Y ya estábamos llorando los dos. Sin saber qué más hacer, me vi andando de aquí para allá y de allá para acá, con niña en brazos todavía, acunando una mecida que poco a poco comenzó a agregar una melodía improvisada la cual, al cabo, se convirtió en tema musical. A los pocos minutos ocurrió el milagro del sueño, y hermosamente dormida (como si no hubiese pasado nadita de nada) la coloqué de vuelta en el coche. Gotas de sudor corrían por mi frente. Y gotas de frío recorren mi vergüenza cuando me acuerdo del episodio.

Muy contadas veces he logrado componer una canción de una sola sentada. Aquél día ocurrió, basándome en la melodía que había estado tatareando, y la titulé Canción de Cuna. Debo confesar que pensé haber conseguido una clave para futuras y semejantes situaciones, pero la cruda realidad demostraría el infundio de mi suposición. (De vez en cuando me he preguntado dónde se me quedaron las canciones que nunca compuse y que habrían logrado ser mejor compañía). Por otro lado, años más tarde y con mejores resultados, esa nana arrullaría a María Lucía pero por boca de su mamá que la cantó mucho mejor que yo, lo cual para mí -no obstante- siempre ha resultado un gran consuelo; aunque después a Malú le resultó difícil creer que esa canción era mía. Natalia, hoy hecha toda una mujer, se ríe cuando le recuerdo esta anécdota. Y Canción de Cuna hoy está en un disco grabada. Dudo que para la radio. Menos para algo como La Historia de una Canción. Aunque ciertamente sí para el (y, por supuesto, mi) corazón.