Mi apartamento no tiene balcón. La sala sólo dispone de un ventanal de vidrios corredizos, cuya visual da con una reja blanca llamada a contener la entrada de amigos de lo ajeno; pero, reja al

fin, termina otorgando cierta sensación de impedimento a la mirada moradora en su interior. Para matizar esa rigidez funcional y darle vida al espacio, coloqué materos en la parte inferior de los barrotes y sembré en ellos varios cactos como de 40 centímetros de alto, ya que desde hace años han sido plantas que han llamado mi atención y ganado tanto mi afecto como mi respeto -entre otras muchas razones- porque son unos grandes sobrevivientes, aún en condiciones muy adversas. Bien bonitos que quedaron, adornados por un tupido manto de piedras blancas que cubría toda la superficie de su tierra. Luego de algunos años con ellos, un buen día empezaron a ponérseme marrones. A pesar de consultas y esfuerzos, no hubo forma ni manera: los cactos fueron secándose hasta morir. La causa nunca quedó claramente identificada, pero por encima otras opiniones, creo que fue por un rayo de tristeza.
Huérfano de aquel verde espinoso y habiendo decidido no reemplazarlo, puse las piedras blancas c

on otras matas de mi casa, pero deje los materos llenos de tierra en su lugar: desidia o añoranza, no sé; lo cierto es que pasada como una semana, cuando fui a limpiar los vidrios, vi cómo de toda esa superficie surgían diminutos brotes de nuevos y variados verdes que alumbraron mi sorpresa. Pensé que debía quitar por fin los materos para que no se llenaran de monte, mas esta vez me excusé con la pereza. Fue a mi regreso de un viaje cuando encontré en el sitio, instalado y

orgulloso, todo un ecosistema. Abrí la ventana y me puse a observar aquel atrevimiento, inicialmente con cara de
¡qué vaina es ésta!, aunque seguidamente con expresiones sucesivas de incredulidad, asombro y maravilla. Por supuesto que, con excepción de unos helechos (por hablar nada más del mundo vegetal), yo desconocía los nombres de las otras plantas
invasoras; sin embargo llegué a la conclusión de que el criterio de
monte asociado a
indeseable estaba cambiando en mi entender. Ello se consolidó en su contrario cuando me di cuenta de que tanta obstinación de ser en ese medio no soportaría mucho tiempo sin algo de agua. Y ahí me vi enseguida regando con una jarra. Y aquí sigue todavía este mini ecosistema silvestre, suerte de inesperado como bienvenido obsequio vital, con especies que hemos permanecido y otras que van o vienen de vacaciones, o simplemente de paseo. Créanme que una vez una pareja de pajaritos nos hizo su nido, transformándonos durante su estadía en maternidad y hogar de cuidados familiares (regar sin espantarlos requirió de extremo cuidado): fue una gran celebración.
Hay cosas que ocurren constantemente pero, como suele sucedernos, por comunes y corrientes se nos hacen
invisibles
. Recientemente cayeron un par de extemporáneos aguaceros. Días

después tuve que bajar al estacionamiento del edificio –donde sólo pisos y paredes pretenden imperar - para recoger un paño que se me había caído por la ventana. Supongo que fue gracias a la experiencia anterior que mis ojos estuvieron mejor dispuestos a presenciar otra fiesta que había comenzado. En cualquier grieta o rendija ya la vida estaba haciendo su trabajo, ejercie

ndo su función, generando nuevos seres, rebelándose, siendo, defendiéndose terca e inexorablemente, contra el cemento de lo que pudiera parecer indeseable, improbable o imposible.
- ¡Ay, trovador, qué habrás hecho tú desde todo lo que esto representa! ¿Habrás sido capaz de cantar
a la vida, cantar
la vida y cantar
vida?