
Sólo quería cantar unas canciones. Y no es poca cosa. Descubrir la vocación, tomar la guitarra como punto de partida para la expresión del canto, dedicarse a componer, decidir qué de lo creado verdaderamente expresa, y con lo escogido trabajar afanosamente para que su resultado quede expuesto de la mejor manera posible, para que por fin uno pueda atreverse a compartirlo con los demás. Se dice rápidamente, pero lleva lo suyo. Años. Cuando hubo llegado el momento de considerar elevar la propuesta más allá, porque se trataba de algo a lo que uno había decidido darle un sentido especial, una condición de ejercicio vital, justamente allí comenzó otra etapa en la cual fue posible sentir –padecer-
inmediatamente lo empinado y escabroso que implicaba desarrollar el empeño, debido a una serie de variables que en muy poco dependían de la condición o del esfuerzo de quien debía hacerlo. Porque en esto, como en tantas cosas, no se trata solamente de poseer o no talento.
Sólo quería cantar unas canciones. Y sucedió por fin que un día me vi ante la encrucijada: dejar esa expresión únicamente en el desenvolvimiento de una esfera restringida a lo inmediato de mi entorno, o hacer además los intentos que se me ocurrieran necesarios para alcanzarla hasta má
s allá. Creer sinceramente en lo que había ya realizado me inclinó por el camino amplio. Pero por dónde empezar a recorrerlo era lo difícil de decidir. Cuando hay que comenzar desde cero, y teniendo como propósito eso de esencialmente querer compartir unas canciones, como decir querer compartirse uno mismo con los demás pero desde el ser, sin cortapisas exteriores –menos aún las impuestas-, al camino como que comienzan a salirle espinas y silencios. Pero uno empieza a buscar y buscar y a seguir buscando siempre. Y uno empieza también a conseguir y a darse cuenta.
Desde el principio no tuve que hacer grandes elucubraciones para percatarme de que había nacido para martillo, pero que del cielo no me caerían los clavos. El problema llegó a consistir en qu
e para fabricar los clavos y escoger la madera para clavarlos, tendría que hacer una serie inmensa de actividades que en nada se parecían a componer y cantar canciones, y que requerían de una gran inversión de tiempo y energía, tanta como componer y cantar, pero que le sustraerían lo que necesitaban estas dos actividades que, a fin de cuentas, eran la esencia de todo lo demás. Contradicción, paradoja o lo que fuese, no quedaba otra alternativa que proceder en consecuencia, aunque tratando de balancear esos dos extremos de la incertidumbre. El silencio fue una hipótesis que no sería objeto de consideración como una elección consciente, por un lado; y por el otro, estaría dispuesto a realizar todo lo necesario, sí, pero sin querer pasar por encima de nadie, incluyéndome. En todo esto habría que incluir también lo de tener que ganarse el sustento: desde una perspectiva como la que estaba escogiendo, aquello
habría de convertirse en un dolor de cabeza adicional que siempre ha sido persistente.
Supongo que hay que tener mucho de confianza, esperanza, inocencia y osadía para embarcarse así en tal empresa. Y si bien decidí cantar estas canciones preferiblemente donde sí quisieran escucharlas, también decidí hacerlo con la voz más entera y firme que pudiese conseguir, aún a pesar de la sombra acechante del silencio, mi gran contendor. No obstante fíjense por favor, antes y después de todo, sólo quería cantar unas canciones. Y las he ido cantando, sí; a golpes y porrazos, sí; con todas sus notas y todas sus pa
labras, sí… y ciertamente de una manera que he creído bien parecida a mí esencia, compartiéndola sin más con quien ha querido acercarse con oídos frescos y humanos. En el contexto global eso es una fortuna y, en cierta medida, un éxito. Así entonces. Así, por lo menos, hasta hoy. Algunos me han dicho que eso define a la terquedad; otros, a lo inconveniente; más allá, a lo utópico. Podría responder a eso, en primera instancia, permutando con los términos perseverancia, necesario y posible; sin embargo, en definitiva, se trata de un sentido de vida. Nada más. Pero nada menos.
inmediatamente lo empinado y escabroso que implicaba desarrollar el empeño, debido a una serie de variables que en muy poco dependían de la condición o del esfuerzo de quien debía hacerlo. Porque en esto, como en tantas cosas, no se trata solamente de poseer o no talento.Sólo quería cantar unas canciones. Y sucedió por fin que un día me vi ante la encrucijada: dejar esa expresión únicamente en el desenvolvimiento de una esfera restringida a lo inmediato de mi entorno, o hacer además los intentos que se me ocurrieran necesarios para alcanzarla hasta má
s allá. Creer sinceramente en lo que había ya realizado me inclinó por el camino amplio. Pero por dónde empezar a recorrerlo era lo difícil de decidir. Cuando hay que comenzar desde cero, y teniendo como propósito eso de esencialmente querer compartir unas canciones, como decir querer compartirse uno mismo con los demás pero desde el ser, sin cortapisas exteriores –menos aún las impuestas-, al camino como que comienzan a salirle espinas y silencios. Pero uno empieza a buscar y buscar y a seguir buscando siempre. Y uno empieza también a conseguir y a darse cuenta.Desde el principio no tuve que hacer grandes elucubraciones para percatarme de que había nacido para martillo, pero que del cielo no me caerían los clavos. El problema llegó a consistir en qu
e para fabricar los clavos y escoger la madera para clavarlos, tendría que hacer una serie inmensa de actividades que en nada se parecían a componer y cantar canciones, y que requerían de una gran inversión de tiempo y energía, tanta como componer y cantar, pero que le sustraerían lo que necesitaban estas dos actividades que, a fin de cuentas, eran la esencia de todo lo demás. Contradicción, paradoja o lo que fuese, no quedaba otra alternativa que proceder en consecuencia, aunque tratando de balancear esos dos extremos de la incertidumbre. El silencio fue una hipótesis que no sería objeto de consideración como una elección consciente, por un lado; y por el otro, estaría dispuesto a realizar todo lo necesario, sí, pero sin querer pasar por encima de nadie, incluyéndome. En todo esto habría que incluir también lo de tener que ganarse el sustento: desde una perspectiva como la que estaba escogiendo, aquello
habría de convertirse en un dolor de cabeza adicional que siempre ha sido persistente.Supongo que hay que tener mucho de confianza, esperanza, inocencia y osadía para embarcarse así en tal empresa. Y si bien decidí cantar estas canciones preferiblemente donde sí quisieran escucharlas, también decidí hacerlo con la voz más entera y firme que pudiese conseguir, aún a pesar de la sombra acechante del silencio, mi gran contendor. No obstante fíjense por favor, antes y después de todo, sólo quería cantar unas canciones. Y las he ido cantando, sí; a golpes y porrazos, sí; con todas sus notas y todas sus pa
labras, sí… y ciertamente de una manera que he creído bien parecida a mí esencia, compartiéndola sin más con quien ha querido acercarse con oídos frescos y humanos. En el contexto global eso es una fortuna y, en cierta medida, un éxito. Así entonces. Así, por lo menos, hasta hoy. Algunos me han dicho que eso define a la terquedad; otros, a lo inconveniente; más allá, a lo utópico. Podría responder a eso, en primera instancia, permutando con los términos perseverancia, necesario y posible; sin embargo, en definitiva, se trata de un sentido de vida. Nada más. Pero nada menos.



4 comentarios:
Carlos, una de las cosas más difíciles del vivir es encontar y mantenerse fiel a aquello que a uno le apasiona. La mayoría de la gente que conozco no puede "reconocer"o verbalizar ningún sentido en su existencia.
Enhorabuena por tus cantos!
BEATRIZ: Concuerdo contigo en la dificultad que eso representa. Además de la fidelidad con uno mismo respecto a las cosas que a uno le apasionan, agregaría también las que provienen de la voluntad, la decisión consciente, complementaria de la emocional, si quisieramos verlo desde una perspectiva integral, que en mi caso es la que más me llama. Gracias por tu comentario; enhorabuena por tu presencia.
Que ha pasado. Se fueron. ¿Ya nadie escribe aquí? ¿Me escucha alguien?
ANÓNIMO: Sí, alguien te "escucha". No me he ido, sólo que quebrantos de salud no me han dejado cabeza para continuar, por ahora, con la regularidad que un compromiso como el de escribir un blog requiere. Estoy en cama y creo que ya recuperándome. Había comenzado una entrega, pero está por la mitad porque ciertamente no pude seguir. Debo y pagaré. Aprecio tu expresión. Carlos.
Publicar un comentario en la entrada