
Porque somos la palabra con la que pensamos y la palabra con la que decimos. Porque enunciar es un ejercicio maravilloso, fecundo, con el que bautizamos y rebautizamos el mundo; porque es también la forma por excelencia para entender y hacernos entender (o como mínimo, para hacer el intento). Porque cuando la palabra nos falta (más o menos) o le faltamos a la palabra (más o menos), perdemos en esa medida un atributo preciado de nuestra condición humana.
Por
que gusto de la palabra. Porque celebro su ser como hecho de vida, aunque sé que me faltará vida para conocer y adentrarme por toda su madeja; en todo caso, porque procuro con cada día hacerle un espacio nuevo, otro giro en mi alma que signifique un próximo descubrimiento, un enlace más, que acaso sea el atrevimiento de querer inmiscuirme todo lo que pueda en la percepción de este tránsito que, por un escasísimo tiempo de existencia, nos es dado realizar.
Porque somos el intento. Porque hay veces en que no alcanzamos a la palabr
a; como hay otras en que ella, simplemente, no basta. Porque entonces nos quedan el recogimiento y la humildad del silencio ante lo asombroso y a veces terrible de lo innombrable. Porque acaso sea por esta ocurrencia que el ser humano inventó el poema: para tener aunque sea una manera de pretender la generación de algún vaso comunicante con la poesía. Para tratar de asirla, sentirla, serla… Y para tratar de compartirla.
Po
rque este vehículo, capaz de contener emociones expuestas de la mano con la intención y que llamamos poema, es un muy amplio depositario de nuestro ser. Porque también se manifiesta de vastas formas. Porque entiendo al poema desde una perspectiva casi infinita -como pudiese ser imaginada la infinitud de la creatividad- aunque me refiera sólo por este instante al poema expuesto en la palabra dicha a viva voz, escrita o cantada.

Porque me fui construyendo primero como ser, luego como artista, gracias a la palabra dicha y cantada de tantos buenos escritores y trovadores, a cuyo trabajo tuve la fortuna de acceder y que, pretendiéndolo o no, sembraron una semilla por la que no tendré vida suficiente para dar mi agradecimiento.
P
orque al lado de las propias canciones con las que empecé a ejercerme como trovador, me vi -al cabo del tiempo y el resultado- descubriendo musicalidades en ciertos poemas de otros que decían la vida de una manera que, en mi interior, se volvían sin más canciones que necesitaba cantar.
Por esas razones que pudieran parecer esbozos, y otras semejantes para cuya exposición me faltan justamente las palabras, fue que a la hora de representarme la realización de un primer disco, tomé la decisión de hacerlo con las musicalizaciones q
ue había realizado de textos poéticos de autores venezolanos. Sabía lo que me esperaba como consecuencia de esa decisión, habida cuenta las experiencias anteriores. Para algo tenían que servir el darme cuenta; el empeño-casi-terquedad; el sentido de importancia que otorgué al qué hacer y al cómo; y, por qué no, la juventud. Con lo anterior, tenía entonces las canciones y un título para el álbum: “Poetas”. Faltaba todo lo demás.
Por
que gusto de la palabra. Porque celebro su ser como hecho de vida, aunque sé que me faltará vida para conocer y adentrarme por toda su madeja; en todo caso, porque procuro con cada día hacerle un espacio nuevo, otro giro en mi alma que signifique un próximo descubrimiento, un enlace más, que acaso sea el atrevimiento de querer inmiscuirme todo lo que pueda en la percepción de este tránsito que, por un escasísimo tiempo de existencia, nos es dado realizar.Porque somos el intento. Porque hay veces en que no alcanzamos a la palabr
a; como hay otras en que ella, simplemente, no basta. Porque entonces nos quedan el recogimiento y la humildad del silencio ante lo asombroso y a veces terrible de lo innombrable. Porque acaso sea por esta ocurrencia que el ser humano inventó el poema: para tener aunque sea una manera de pretender la generación de algún vaso comunicante con la poesía. Para tratar de asirla, sentirla, serla… Y para tratar de compartirla.Po
rque este vehículo, capaz de contener emociones expuestas de la mano con la intención y que llamamos poema, es un muy amplio depositario de nuestro ser. Porque también se manifiesta de vastas formas. Porque entiendo al poema desde una perspectiva casi infinita -como pudiese ser imaginada la infinitud de la creatividad- aunque me refiera sólo por este instante al poema expuesto en la palabra dicha a viva voz, escrita o cantada.
Porque me fui construyendo primero como ser, luego como artista, gracias a la palabra dicha y cantada de tantos buenos escritores y trovadores, a cuyo trabajo tuve la fortuna de acceder y que, pretendiéndolo o no, sembraron una semilla por la que no tendré vida suficiente para dar mi agradecimiento.
P
orque al lado de las propias canciones con las que empecé a ejercerme como trovador, me vi -al cabo del tiempo y el resultado- descubriendo musicalidades en ciertos poemas de otros que decían la vida de una manera que, en mi interior, se volvían sin más canciones que necesitaba cantar.Por esas razones que pudieran parecer esbozos, y otras semejantes para cuya exposición me faltan justamente las palabras, fue que a la hora de representarme la realización de un primer disco, tomé la decisión de hacerlo con las musicalizaciones q
ue había realizado de textos poéticos de autores venezolanos. Sabía lo que me esperaba como consecuencia de esa decisión, habida cuenta las experiencias anteriores. Para algo tenían que servir el darme cuenta; el empeño-casi-terquedad; el sentido de importancia que otorgué al qué hacer y al cómo; y, por qué no, la juventud. Con lo anterior, tenía entonces las canciones y un título para el álbum: “Poetas”. Faltaba todo lo demás.



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