jueves 5 de junio de 2008

...con el canto más ardiente.

Lo primero que me llamó la atención al ir llegando a la ciudad de México fue su enorme extensión. Cuando el piloto del avión nos indicó que estábamos entrando al perímetro de su área, me asomé por la ventanilla y me quedé viendo. El tiempo pasaba que pasaba; abajo, más y más ciudad. Asombroso. Lo segundo que noté al salir del aeropuerto -de ahí en lo sucesivo- fue un olor a kerosén en su aire. Supe entonces que, siendo una de las ciudades más pobladas del mundo, posee una atmósfera contaminada por emanaciones de combustibles de automóviles. Eso empezó a preocuparme por aquello de la irritación en la voz, aunque luego me tranquilicé al darme cuenta de que podía acostumbrarme. Es que mi visita era con fines artísticos: iba a participar en el marco del Gran Festival Internacional de Ciudad De México, en su versión del año 1989. Lo tercero que percibí se vincula con su gente, su modo de ser y de expresarse: llamativamente amable y parsimoniosa. Con lo último tendría algún pequeño problema porque, en términos relativos, yo me expresaba –trópico de por medio- con una prisa ajena a ellos, la cual por mi inadaptación llegó a dejarme en ciertos casos ligeramente desesperado, pero no más que eso. Lo cuarto, en esta no extensiva enumeración, fue la imponente belleza de los lugares que visité. Es gratificante admirar esa otredad que se ofrece al visitante extranjero, y me parece que es así en la generalidad de los casos cuando podemos visitar lugares distintos a los de nuestra procedencia.

Pero de todo lo anterior, hubo algo que jamás se me borraría ni de la memoria ni de la boca: el gusto que en esa tierra tienen por el picante. Yo llegué a rogar en los lugares donde nos llevaban a comer que a mi pedido no le pusieran, ni tantito así, de picante; insistía vehementemente de todas las maneras posibles, pero nada: lo que me juraban que no tenía picante, me picaba. Llegué a ver individuos que comían ejemplares enteros de picante jalapeño así como yo podría comerme una ración de fresas, lo cual me producía tremenda dentera. Ese fue para mí el único gran inconveniente con el que no pude lidiar.

Empezaron las presentaciones del itinerario. La organización resultó ser impecablemente detallista. Personalmente lo agradecía con mucha consideración pues era la primera vez que salía fuera de Venezuela para esos menesteres, y tener que ocuparme exclusivamente de cantar lo mejor posible atenuaba en algo al manojo de nervios en que suelo convertirme cuando de actuaciones públicas se trata. Es algo que me ha dado rabia conmigo mismo, pero que con los años he tenido que aceptar más o menos pacíficamente como una indeseable característica con la que debo convivir. Estaba muy contento en todo caso, debido a que ocasiones como un encuentro internacional son proclives para generar lazos con personas de muchos lugares que hacen creativamente cosas semejantes, lo cual suele redundar en crecimientos artísticos y humanos.

En ese estado de cosas, surgió el ofrecimiento de que fuese a cantar en una actividad fuera de la agenda oficial del festival. Sería al día siguiente a las 10:00 am en una plaza pública, y en tarima estaríamos dos agrupaciones y este servidor acompañado con su guitarra. Acepté enseguida por la emoción del momento, haciendo caso omiso al hecho de que mi voz por las mañanas es un desastre, y así como hasta las dos de la tarde cuando empieza a aclararse. Pero bueno, al día siguiente tuve que levantarme a las cuatro de la madrugada –todo un crimen para mí- previendo lo de la voz y porque, de todas maneras, cruzar la parte de la ciudad hasta el destino demoraría dos horas y media por causa del congestionamiento vehicular. Ya en el sitio, no obstante la temprana hora, tarima y sonido estaban a punto; incluso había un espacio muy bien acondicionado como camerino. Ver para creer.

Hora de la prueba de sonido. Es usual que los participantes hagan dicha prueba en orden inverso al de la presentación, para que cuando el acto arranque, el que vaya a comenzar lo haga directamente sin mayores arreglos. Sin embargo, para sorpresa de todos los demás, una de las agrupaciones insistía sin mayores razones en hacer su prueba en último lugar, siendo que según la pauta yo abriría el recital. El organizador discutía, las bandas discutían, el sonidista discutía. Yo permanecía callado porque, acostumbrado por lo general y a mi pesar a salir sin prueba de ningún tipo, ya me daba igual. La cuestión quedó en la simple anécdota, hicimos cada quien su prueba (la banda aquella se salió con la suya), y todo quedó dispuesto cuarenta minutos antes de la hora fijada en la convocatoria. Perfecto.

Después de hacer calentamiento de voz y guitarra, decidí dar un cortísimo paseo por la amplia plaza para despejarme la cabeza. Imperdonable error. No es para nada recomendable ausentarse de los lados del escenario justo antes de un acto porque entonces Murphy puede hacer de las suyas. Con un día tan radiante, entre la gente que ya se había aglomerado, divisé a lo lejos un carromato lleno de frutas al que me acerqué. Esa estampa era digna de una postal. Frutas enormes, variadas, de color intenso, realmente apetitosas. Por eso no me contuve y le dije a la anciana mujer que atendía señora, por favor, deme una ración de ese maravilloso mango que tiene ahí. Yo, absorto como estaba con el ambiente de la plaza, de pronto me vi con un plato de mango entre las manos y un tenedor. La boca se me hacía agua…

Agua era lo que iba a necesitar. Lo primero que sentí al introducir el primer bocado fue un terrible desconcierto. Hablo de centésimas de segundos. Inmediatamente fue creer que había comenzado a masticar la suave lava de un volcán. Al momento en que mis ojos empezaron a segregar inmensos lagrimones, fue cuando reparé en que aquel mango estaba inundado del picante más arrecho que jamás hubiera probado en mi vida. Antes de dejar caer el plato al suelo, apenas pude reclamar a la mujer: ¡Señora, cómo se le ocurre ponerle picante al mango! Y antes de pegar una desesperada carrera, apenas pude escuchar la respuesta: ¡Pos por qué no me dijo que no le pusiera!

Preguntando como loco por algún expendio de bebidas, parecía un camión de bomberos pero con el incendio encima. Hallado el lugar, pedí para tragarme de un jalón un litro de agua y otro de leche (no me pregunten por qué leche, fue impulsivo). La quemazón disminuyó únicamente para hacerse tolerable con mucha fuerza de voluntad. Para colmo, mientras pagaba la bebida, un niño entró al local pidiendo que le vendieran una de las chupetas con chile que exhibían en el mostrador. ¡Auxilio! Con la impresión de que mi actuación sería recordada por lo que tiempo después hubiese sido una versión masculina de los labios de Angelina Jolie, así como sabiendo que tendría que hacer de tripas corazón, tuve que ir con paso apurado a la tarima con el tiempo justo para escuchar al organizador diciendo: ¡En cinco minutos el venezolano a escena para cantar!


1 comentarios:

cecilia dijo...

Esta vez me tocó leerlo de primera!!! bingo!, muy bueno. para variar, ese cuento me encanta
Besos