lunes 5 de mayo de 2008

La Historia de una Canción

Al comienzo de los años 70, a cierta emisora de radio caraqueña le dio por hacer recreaciones dramatizadas de lo que -debíamos pensar- habría sido el motivo que llevó a la composición de una canción que, a la sazón, estuviese de moda. Se trataba entonces una especie de novelita radial en una sola entrega, protagonizada por quien interpretaba tal canción, en la que luego de algunas truculencias seguidas del esperado desenlace, nos dejaban escuchar el tan ansiado tema musical, ahora sí perfectamente enterados de su fuente de inspiración. Ejemplo paradigmático que conservo en la memoria es la adaptación que hicieron para Hombre Formal, interpretada dramática y musicalmente nada menos que por Trino Mora: joya de colección que tal vez hoy esté conservada únicamente en el recuerdo de algunos pocos. Retrospectivamente, pienso que alguien pudo o pudiera considerar tales episodios como el pináculo de la cursilería hertziana, y tal vez con cierto fundamento, pero bueno, qué le vamos a hacer: ahí estaba este servidor dando sus primeros pasos en la adolescencia (y en la cursilería, pues) sintonizando su radio portátil, muy dispuesto a saber qué avatar del destino había sido tan poderoso como para que alguien compusiera una canción, la grabara en un disco y fuese presentada en el espacio La Historia de una Canción.

He llegado a la conclusión, ahora en términos generales, de que hay una suerte de natural curiosidad por informarnos de las circunstancias que generan en un artista la creación de una obra, particularmente si ésta nos gusta, ya que saberlas nos ofrece la contextualización que, a su vez, nos permite aprehender algo esencial de la creación humana y vincularlo a nosotros mismos como destinatarios y recreadores de esa experiencia. Y cuando no sabemos, nos lo suponemos o lo inventamos: todas las hipótesis posibles son susceptibles de generar la maravilla, aunque llegaran a fundarse en errores o falsos supuestos. Tomando en cuenta lo anterior y sumando el hecho de que mis canciones gravitan en un tercer sótano de la difusión (por lo que varias veces cuando las canto en público será la primera vez en ser escuchadas), es que desde hace años les hago una concisa introducción con la esperanza de generar el ánimo adecuado para su audición. Cada canción tiene sus propios vericuetos ya que son fundamentalmente vivenciales, pero hay una en especial que muy humildemente hubiese podido proponer, aún sin ser famosa, para un episodio radial de La Historia de una Canción.

Natalia vio la luz del mundo, estrenándome como papá, en noviembre de 1982. Para esa época puedo señalar que ya había tenido algunos montajes de experiencia en grupos teatro para niños, todos dirigidos por Armando Carías, en los que participé o como actor o como intérprete de las canciones de esas obras. Enseguida descubrí que una cosa es trabajar artísticamente para niños (que lleva lo suyo), y otra muy distinta es tener un bebé en casa. Salvo en clases de puericultura de bachillerato –con un muñeco de goma- jamás había cargado entre mis brazos, en este caso, a una recién nacida. Sería por falta de práctica o por sensación de tosquedad que me invadía, pero cuando me dijeron toma y me la dieron, juro que creí que se me iba a resbalar y acabaría espachurrada en el piso. Me alertaban así no, cuidado con la cabeza, y entonces sentía que era entonces su cabecita la que, para mi horror, se desprendería rodando en cámara lenta por todo mi cuerpo. Así las cosas, ya pasadas unas semanas, el destino por fin dispuso tuviera que quedarme cuidándola una tarde: ella y yo… solos. Me la dejaron dormida en su coche, recién cambiada, con un tetero de leche, otro de agua, pañales desechables, una lista de instrucciones, algunos números telefónicos, y fájese camarada. Estábamos en la sala. Por un rato fue la tranquilidad que aproveché para leer. Repentinamente, la explosión: un llanto largo y desgarrado saturó el ambiente, y de un brinco me acerqué. Traté de calmarla con voz pausada, pero nada; revisé el pañal, pero estaba intacto; le ofrecí agua y leche, pero no quería. Había que cargarla y así lo hice, rogando que me nacieran cuatro pares de brazos más para que no hubiese sorpresivos resbalones. Insistí con frases tranquilizadoras que, sin dar resultado, me hicieron pasar de inmediato a las canciones infantiles. Recurrí a todo el repertorio hasta el extremo de Palomita Blanca y Los Pollitos Dicen, pero no lograba sosegar a aquella criatura que ya empezaba a ponerse roja. Y ya estábamos llorando los dos. Sin saber qué más hacer, me vi andando de aquí para allá y de allá para acá, con niña en brazos todavía, acunando una mecida que poco a poco comenzó a agregar una melodía improvisada la cual, al cabo, se convirtió en tema musical. A los pocos minutos ocurrió el milagro del sueño, y hermosamente dormida (como si no hubiese pasado nadita de nada) la coloqué de vuelta en el coche. Gotas de sudor corrían por mi frente. Y gotas de frío recorren mi vergüenza cuando me acuerdo del episodio.

Muy contadas veces he logrado componer una canción de una sola sentada. Aquél día ocurrió, basándome en la melodía que había estado tatareando, y la titulé Canción de Cuna. Debo confesar que pensé haber conseguido una clave para futuras y semejantes situaciones, pero la cruda realidad demostraría el infundio de mi suposición. (De vez en cuando me he preguntado dónde se me quedaron las canciones que nunca compuse y que habrían logrado ser mejor compañía). Por otro lado, años más tarde y con mejores resultados, esa nana arrullaría a María Lucía pero por boca de su mamá que la cantó mucho mejor que yo, lo cual para mí -no obstante- siempre ha resultado un gran consuelo; aunque después a Malú le resultó difícil creer que esa canción era mía. Natalia, hoy hecha toda una mujer, se ríe cuando le recuerdo esta anécdota. Y Canción de Cuna hoy está en un disco grabada. Dudo que para la radio. Menos para algo como La Historia de una Canción. Aunque ciertamente sí para el (y, por supuesto, mi) corazón.

10 comentarios:

Natalia Jaeger dijo...

Y ahora cuando me hechas ese cuento me pongo a llorar pero de alegría.
Que suerte tener un papa que te escriba canciones tan bonitas y tan sinceras.

Un beso para ti, mi padre querido.

p.s. ese dibujo ya se me había olvidado… que bueno poder recordarlo ahora.

Carlos Jaeger dijo...

NATALIA: Suerte la mía por tu existencia que da tanta luz a mis pasos y a mi canto. Tu dibujo me acompaña todos los días, lo tengo en mi cuarto para llenarme siempre de tus colores. Mi beso eterno.

María Alejandra dijo...

ok, lo confieso, se me aguaron los ojos. Ya he escuchado esta historia varias veces, pero leerla así me dio sentimiento...

PD: hace unos meses vi un programa de tv mexicano que era exáctamente igual a lo que describes del programa de radio...

Carlos Jaeger dijo...

MARÍA ALEJANDRA: ¡...y si me hubieras visto a mí mientras la escribía! En cuanto al programa de T.V., no me extraña, ya que el "reciclaje" de ese tipo de ideas suele ser una constante.

cecilia dijo...

por fin me senté a leer tu maravilloso escrito de esta semana, aquí estoy con los ojos aguados,por los recuerdos y muera de la risa con ¨La historia de una canción¨,
Me pasa, todavía, que para mí las letras de las canciones son una historia, y las aplaudo, y las disfruto y las lloro.
Eso hace que me gusten mas o menos
Te felicito

Carlos Jaeger dijo...

CECILIA: Trato de ser en cada canción, lo mismo que sentir desde ellas y con ellas. Es mi intento mayor. Y cuando ese vibrar resuena en el alma de otro, el círculo se cierra y el hecho adquiere toda su humana dimensión.

Néstor dijo...

Hola a todos!!!!

Eso me recuerda una canción del trovador mexicano Alejandro Filio que lleva por titulo "DESPIERTA". La recomiendo ampliamente para quienes quieran aguarse los ojos con una canción maravillosamente dulce.

Los hijos -supongo- deben ser una cosa extraordinaria!

Abrazos pues!! se les quiere!!

Néstor

Carlos Jaeger dijo...

NÉSTOR: Hola, a ti también. Esa canción de Alejandro filio, a quien le interesara, la pueden disfrutar en youtube; hay varias interpretaciones (videos). En uanto a la maravilla de (y por) los hijos, ahora yo recomiendo escuchar "Esos Locos Bajitos" de Joan Manuel Serrat, en su disco En Tránsito. Abrazos retributivos (y espontáneos también).

raquelito dijo...

Carlos, que casualidad, ayer en la noche Julio estaba hablandome de ese programa en Radio Rumbos, que segun el se llamaba La Vida de las Canciones.
Confiesa: tu lo escuchabas? Julio tiene su excusa.

Carlos Jaeger dijo...

RAQUELITA: Pues sí, lo escuchaba; era en mi temprana adolescencia, y lo hacía por las razones que confesé en el escrito. Según mi memoria, el nombre del espacio radial era "La Historia de una Canción", pero no me acuerdo por cuál emisora de radio lo transmitían. No me extraña que hubiese sido por Radio Rumbos. Saludos a Julio.