Pero Claudio, con verborrea llena de mucha convicción, fue tercamente insistente: que me dejara de pendejadas, que no tenía nada qué perder y sí mucho que ganar, que hasta cuándo iba a seguir yo con esa actitud floripondia de una canción que no pensaba en lo comercial, que había que hacer concesiones y dejar de ser un pela bolas prejuiciado. Aún sabiendo que su intención de ayudarme era sincera, continué tratando de contarle fallidas experiencias anteriores y de mi impresión de que la gente que maneja esos circuitos suele no querer n
ada con propuestas como la mía, agregándole que mi propósito no era hacer apología del pelabolismo floripondiano o desvalorizar el dinero habido en buena lid. Pero ya sabía que él no deseaba escuchar ese tipo de razones. Muy inteligentemente remató con aquello de que si no lo probaba cómo podría realmente decir que no había valido la pena. No había terminado de aceptar –con desgano- cuando me informó que la recepción de grabaciones de canciones terminaba al día siguiente. ¡Qué bolas, yo no tengo grabaciones hechas! Pues ponte las pilas de una vez. Y colgó el teléfono.Con un plazo tan perentorio y sin posibilidades de hacer algo mejor, aunque fuese por org
ullo propio, tuve que recurrir al grabador portátil con micrófono incorporado, colocarle el cassette, tomar la guitarra, presionar simultáneamente play + rec, y ponerme a cantar una canción del desamor de pareja que alguna vez había compuesto. La tercera toma me pareció decente, así que hice un paquete colocándole los datos de identificación y ubicación, para enseguida dirigirme a la planta de televisión del canal 8 con el objeto de inscribirme en un concurso abierto, donde sería escogido (entre los finalistas y por votación de un jurado calificador) nada menos que el representante venezolano para El Festival OTI de la Canción 1988.Salí de e
sa oficina destornillado de risa porque, con una presentación tan precaria, daba por sentado que ni me llamarían por teléfono para darme el resultado. Pero sí me llamaron. Una voz de mujer muy neutra me comunicó por teléfono que, entre trescientos y pico de aspirantes, habíamos sido seleccionados doce para la
final que se realizaría en la Sala Mata de Coco, en ceremonia transmitida en vivo y directo a todo el país por la emisora de televisión. Y muy importante: en tres días debe consignar el arreglo original para orquesta y el nombre del director que lo acompañará en su interpretación, buenas tardes. Y colgó.En
sus marcas, listos… ¡Partida! Arranqué como lo haría mucho después la protagonista de Lola, corre, Lola. Mi primera y principal parada fue en la casa de un ser humano espléndido llamado Miguel Delgado Estévez, quien se cayó de culo cuando supo lo que esperaba de él, de mis nulas posibilidades económicas y de cuál canción se trataba. Una vez recuperado terminó por aceptar, pero
eso sí, ya que vamos a jugar a la canción comercial, y siendo la tuya muy trovosa, el arreglo que haré va a ser el del propio tema OTI. (Pasaría dos noches casi sin dormir para tenerlo a tiempo). Seguidamente mi amiga Jessica me aconsejó un buen vestuario, para lo cual ofreció confeccionarme gratuitamente una chaqueta de cuero que estuviese a la moda. Y mi novia para entonces agregó que, por lo tanto, harían falta camisa y pantalón adecuados, por lo que me acompañó a escogerlos. Por otro lado, mi amigo Luis Carlos colocó el ya terminado arreglo de la canción en un secuenciador y me lo grabó en una cinta para que pudiera ensayar, sin cobrarme un medio. Me costó reconocer mi propia canción en esa versión OTI. A esas alturas de la carrera constantemente rondaba por mi cabeza la pregunta de qué carajos estaba haciendo. Pero había aceptado el desafío y por fin decidí llevarlo a cabo con todas las de esa Ley; es decir, el más puro barranco. Habiendo visto por la televisión a tantos cantantes comerciales, decidí seguir una especie de patrón de interpretación, s
obre todo con lo relativo a los gestos corporales que son auténticos clichés, y con todo eso armé una especie de rutina que aprendí de memoria para ejecutarla exacta el día del festival, con apenas un solo ensayo con orquesta de por medio, una prueba de sonido de quince minutos por participante y toda la parafernalia promocional previa.Al final del evento, el jurado dio su veredicto mencionando un nombre que no era el mío. Para ese momento me encontraba tranquilo y recibí el resultado con el alivio de que toda esa experiencia, con la parte de vértigo extraño que había tenido, hubiese al fin terminado. Sinceramente, en el fondo me incomodaba la posibilidad de extender todo aquel andamio hasta un nivel internacional, y hubiese sido cruel para conmigo, mis percepciones e ideales, que justamente de esa manera fuese cómo mi qué hacer en el canto tuviese posibilidad de alguna trascendencia. Así ni tendría sentido ni me
serviría. Y ante aquello, en ausencia de otra alternativa, prefiero el anonimato y la escasez. Pero fuera del vértigo, debo rescatar de este episodio dos cosas: una, la importancia que para mí representó la solidaridad de las personas que pusieron su esfuerzo y buena voluntad para ayudarme tan humanamente; otra, que estando en el camerino luego de la presentación, vino uno de los organizadores con una tarjeta del Director General de una transnacional discográfica, con indicación de que lo contactara. Me la entregó diciéndome: No habrás ganado, pero estás lleván
dote el "premio". Vamos a ver, le contesté. Y efectivamente fui, pero cuando los ejecutivos encargados escucharon mis canciones, salieron a con el rosario de ¿no tendrás algo más comercial? Pensando en la conversación que había tenido con Claudio, en toda esta anécdota y en mí, simplemente declaré la verdad: que no. Me acompañaron muy gentilmente hasta la salida, aunque antes pasé rápidamente por la oficina del Director Gerente y le pregunté a boca de jarro: Si algún día me presentara aquí con un disco mío hecho a mi manera, totalmente terminado y de aceptable calidad, ¿ustedes lo admitirían? Como por veinte segundos mantuvimos la mirada fija el uno en el otro, y al final me expresó con palabras que sonaron francas: está bien, sí.Habrían de pasar tres años con dos meses y otro lote de carreras (y
a no estrictamente comerciales), para que pudiera presentarme una buena mañana en la oficina de aquel sorprendido hombre con un disco bajo el brazo. Pero como si se tratara de un cuento interminable, diremos con Michael Ende que esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.



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