jueves 22 de mayo de 2008

Asuntos del Oficio

Hace ya muchísimos años leí, en una entrevista a un famoso músico, que había que ensayar 150% para esperar rendir cuando mucho un 80% al momento de ofrecer un concierto. Y es que suele ser así, porque juegan un sinfín de imponderables que podrían fastidiarnos la paciencia en el momento más inoportuno. Hay que prepararse lo mejor posible no sólo para la interpretación en sí, sino también para tratar de incorporar el eventual error en la dinámica de la actuación, con el objeto de hacerlo parecer imperceptible, minimizarlo, que pase por debajo de la mesa como si no hubiese ocurrido. Es igualmente útil tener en cuenta que, siendo humanos, ciertos deslices no llegarán a tener trascendencia alguna o serán considerados normales. Ha pasado que los asistentes, ante un acontecimiento semejante, sienten generosa comprensión y muestran su solidaridad con un cálido aplauso; pero otras veces ocurre todo lo contrario y, a quien tiene que padecerlo, suele entonces sobrevenirle una suerte de hecatombe del alma. Hay situaciones que pueden generarnos auténtico horror al momento de una presentación, como por ejemplo que a un guitarrista le dé un calambre en la mano, o a un cantante le dé un acceso de tos, hipo o estornudo. No hay nada más maluco que en medio de un recital sobrevenga la imperiosa necesidad de ir al excusado… ¿Y qué hace uno? ¿Decir simplemente con permiso, estimado público, en seguida regreso porque no me aguanto? ¡Qué barbaridad! A su manera, cada quien tomará sus previsiones como mejor sepa o pueda, pero cuando no resulte suficiente, tratará de hacer su mejor verónica; y si aun así no es suficiente, tendrá que aprender que vivir con lo sucedido e incorporarlo al anecdotario de bochornos. Así de sencillo.

Entre 1986 y 1989, como cantante y guitarrista, formé parte de AEDOS-Colectivo de Canto Popular. La labor de esa agrupación me cautivó desde el inicio: hacer fieles versiones al castellano de canciones de autores no hispanohablantes, con la finalidad de difundir su obra llena de sensibilidad e, incluso, compromiso social. Dirigidos por Pantelis Palamidis, montamos espectáculos con repertorio de creadores griegos, italianos, catalanes, franceses, portugueses, brasileños, irlandeses, ingleses y estadounidenses, que llevamos por diversos escenarios tanto de Caracas como del interior del país. De hecho, hoy en día aún conservo dentro de mi repertorio la versión que hice de una canción del trovador italiano Fabrizio de André, titulada Boca de Rosa, porque se trata de una canción que me hubiese gustado crear, y para rememorar esa experiencia feliz en mi vida musical.

Uno de esos conciertos fue en la ciudad de Valencia. Si recuerdo bien, la agrupación fue invitada a un acto organizado por representantes de la Comunidad Europea en Venezuela, dispuesto en una plaza pública. Aquello estaba lleno de gente. Había caído la noche cuando llegó nuestro turno de subir a la tarima y, al cabo, ya estábamos sonando lo mismo que disfrutando de nuestra intervención. ¡Qué sabroso es cuando estás mostrando algo por lo que has trabajado y te das cuenta de que va saliendo a las mil maravillas! Ya cercanos al final, muy lleno de esa emoción, me sentía especialmente inspirado mientras cantaba. Solté la frase previa al solo de saxofón que, en un crescendo con la banda, por fin me dejó servida la mesa para la apoteosis del tema. Y ahí estaba este servidor arrebatado, tomando la bocanada de aire con que continuaría el canto, a punto de constatar que dejarse llevar por excesivo ímpetu puede deparar sorpresas. Lo que ocurrió en ese instante me pareció una agónica eternidad: había olvidado la letra de la canción.

TODO EN APENAS UNOS SEGUNDOS: la adrenalina inundó mi cuerpo, un frío atroz me erizó el espinazo, las piernas se me pusieron como de goma, la piel se volvió un pergamino, mi ser todo se puso en automático y el cerebro giró a diez mil revoluciones por minuto buscando frenéticamente el archivo perdido que no aparecía a tiempo. Ante la terrible imagen de verme paradote, inmóvil, mudo, torpe y desgraciado, haciendo un papelote delante del público, de mis compañeros y de mí mismo, surgió una bizarra chispa (la única que temporal e insólitamente me ofreció la memoria desde un cuento que alguna vez escuché) que me permitiría girar groseramente el capote. Con el mejor acopio de histrión que puede rescatar, hice una farsa; esto es, simulé que cantaba… pero sin emitir sonido alguno. Enseguida pude notar cómo el operador de audio fue subiendo desesperadamente el volumen de mi micrófono hasta el punto de retroalimentación (feedback); sin embargo, yo seguía actuando como si nada aunque con mayor seguridad en cada segundo que iba transcurriendo. Y la memoria, cansada por la carrera que tuvo que pegar, finalmente llegó con la tan ansiada letra. De ahí en adelante fue pura carpintería: me alejé del micrófono, empecé a emitir la voz, lentamente me fui acercando otra vez al micrófono para que fuesen graduando el volumen y santo remedio. Claro, de ahí hasta su culminación, el concierto no fue lo mismo para mí.

Después de recoger mis cosas lo más rápidamente que pude, me quedé esperando en un apartado rincón el retorno a Caracas, sin querer saber de nada ni de nadie. De pronto, apareció el operador de audio. Creo que la culpa me hizo esperar de él un soberbio reclamo, pero para mayúscula sorpresa mía resultó que aquel hombre se había acercado únicamente para pedirme disculpas por lo ocurrido. Años más tarde, un amigo al que le conté todo esto, me dijo bromeando: le hubieses respondido al sonidista que lo perdonabas siempre y cuando no volviese a ocurrir. Jamás me hubiese atrevido a ser tan ruin, aunque debo confesar que sólo fui capaz de decirle, antes de invitarle una cerveza, algo así como a mí me ha pasado peor, mejor imaginemos que nunca sucedió. Mientras caminábamos, mentalmente iba tarareando una adaptación improvisada del ya legendario coro de Rubén Blades, porque además de sorpresas, la vida te da vergüenzas, vergüenzas te da la vida, ¡ay Dios!

6 comentarios:

Lisbeethoven dijo...

Carlos: siempre pensé, y ahora lo compruebo por este medio que me acerca a tí, que tienes una manera muy especial de decir las cosas, a tal punto que cuando no puedes, te vales de las letras de otros para expresar aquello que otros pudieran decir mejor que tú. Pero en este caso, en este artículo más que "asuntos del oficio" son verdaderos "gases del orificio" jajajaj (gajes del oficio dicho en forma elegante para no decir una verdadera "flatulencia" jajaja). Todo músico es humano. Y claro, queremos ser perfectos, solo que la música es perfecta, no nosotros. Digo yo, que todo el que se considere de este mundo ha de reconocer sus errores y vaya a saber usted si los divos y divas tendrán su momento de rincón para esconder sus "errores" en el escenario. Sabes, en un festival de canto, yo también olvidé la letra de la canción. Canté la primera parte que por cierto referia a un amanecer venezolano, y la segunda parte luego del interludio, volvía el mismo giro melódico y armónico pero la letra refería a un atardecer venezolano, jajaja pues te cuento que nunca anocheció en mi canción. El jurado que no conocía la pieza porque era inédita, igual le pareció hermosa. Y gané el primer lugar. Solo que en esa época, hacían cantar a los ganadores al final, y cuando la canté como era, vaya asombro de los presentes. Creo que a más de uno le ha pasado esto o algo parecido. El momento es desesperante, te sientes de mil maneras; más sin embargo esos momentos pasan como anécdotas en nuestras vidas de una forma tan divina, que sin ellas no tendríamos ese "picantico" de cosas que contar sobre el escenario. Y sobre el antes y el después del escenario. El disfrute, el gozo, el placer de hacer lo que nos gusta hacer, trasciende todo esto. Me encantó tu blogs, me encantó tu artículo. Ojalá recibas muchos comentarios. Yo hice empatía contigo, asi de sencillo. Un besote, saludos desde Maracaibo.

Luis dijo...

Ay, colega, lo mismo hice yo cuando tenía 17 años ante un público en una escuela. Se me olvidó la letra y fingí el malfuncionamiento del micrófono. Más difícil es disimular un fa sostenido cuando debía ser natural, sobre todo, sonando a mil vatios de potencia en una sala que lo amplifica todo. Y a mí los fas sostenidos me persiguen, jeje.

Carlos Jaeger dijo...

LISBEETHOVEN: Gracias por tus comentarios y por compartir en este espacio, con tanto gusto, tus propias anécdotas, muy simpáticas por demás. Los artistas consagrados son también seres humanos, sólo que famosos. La expresión de lo humano en el arte ciertamente vale el esfuerzo y hasta los sinsabores.

LUIS: Entonces como que somos "co-anecdotantes". Creo que peor que desafinar es cuando se va un gallo: ¡brrrr...! Si te persigue demasiado el Fa sostenido no descartes que sea un mensaje de tu voz; tal vez sería útil subir entonces medio tono al arreglo. :-)

cecilia dijo...

Brother!!! este cuento no lo sabía... pobre... yo creo que eso es lo peor que le puede suceder a un intérpetre, pero para variar, lo resolviste muy bien.
Insisto, y creo volverme fastidiosa de tanto decirlo... me encantan tus foticos de los escritos
Besos

Anónimo dijo...

Pues menos mal que pudiste salir con soltura del apuro.
Podias haber tarareado hasta el fin, o haber lanzado un discurso psicoanalítico mientras los demás tocaban y clavaban su mirada en ti. Y también podias haber visto tu tumba allá a lo lejos. Pero no, supiste salir como un profesional.
A mí me hubiera entrado la risa descontrolada, que es lo más parecido a echarse a llorar. Qué le vamos a hacer.

Carlos Jaeger dijo...

CECILIA: No estoy muy seguro de haberlo resuelto "muy bien", pero en el apuro del momento fue lo que me salió ¡y a usarlo, pues! Con relación a las fotos, cuando no las tengo o no las he hecho, recurro al Internet para conseguir algunas que me parezcan "ilustrativas" o relacionadas con lo escrito.

ANÓNIMO: Gracias por tus comentarios, pero insisto: no me pareció una "solución elegante" sino un recurso deseperado producto del instante y las circunstancias. Eso sí, en cualquier caso, todo menos "la tumba allá a lo lejos". ;-)