
A los dieciséis años fue cuando me enamoré por primera vez. Empecé a darme cuenta cuando en el colegio su figura en el patio era el imán de mis ojos, y tuve la certeza cuando me descubrí escapando de clases para ir a verla, desde lejos, en el campo de educación física. Pero no me atrevía ni a acercármele porque no sabía qué hacer con toda esa ebullición en el cuerpo y en el alma.
Mi hermana, percatándose de mi timidez, un día me animó al asegurarme que sabía “de muy buena fuente” que aquella muchacha (para mi sorpresa y emoción) también gustaba de mí. De buenas a primeras la encontré en el patio y la invité para ir al cine el sábado. Y dijo que sí.
Durante la película yo buscaba el mejor momento para decirle que quería ser su novio, pero algo despertó mi alerta cuando empezaron a salir los créditos, razón por la cual, como quien se tira por un precipicio, me le puse enfrente y le hice la gran pregunta, sin estar en conocimiento de que mi hermana me había mentido para ver si tomaba cartas en el asunto. El no con que me respondió fue del tamaño de mi desilusión y mi vergüenza. Y por supuesto que me estrellé contra el fondo del acantilado.
Pasar del cielo al subsuelo tan repentinamente fue un tránsito muy amargo y, otra vez, no sabía qué hacer con todo ese cúmulo de sensaciones quebrándome por dentro. Ya en mi cuarto, caminaba en círculos diciéndome cuántas cosas cuando de pronto y sin saber por qué abrí una de las puertas del escaparate. Allí estaba esa vieja guitarra que enseguida estuvo entre mis brazos sonando con un amor que yo tampoco conocía, entre lágrimas y consuelos, desde unos sencillos tres acordes que alguna vez había aprendido.
Clarisa nunca supo de esa primera canción, cuyo lenguaje hermosa e ingenuamente torpe yace para siempre en el cofre de mis recuerdos más queridos. Pero la revelación de ese “segundo” primer amor, hecho de sonidos amantes y amorosos con que digo y que me dicen, es desde entonces hasta ahora tesoro inmenso de mi fortuna, esperanza y alegría.
Mi hermana, percatándose de mi timidez, un día me animó al asegurarme que sabía “de muy buena fuente” que aquella muchacha (para mi sorpresa y emoción) también gustaba de mí. De buenas a primeras la encontré en el patio y la invité para ir al cine el sábado. Y dijo que sí.
Durante la película yo buscaba el mejor momento para decirle que quería ser su novio, pero algo despertó mi alerta cuando empezaron a salir los créditos, razón por la cual, como quien se tira por un precipicio, me le puse enfrente y le hice la gran pregunta, sin estar en conocimiento de que mi hermana me había mentido para ver si tomaba cartas en el asunto. El no con que me respondió fue del tamaño de mi desilusión y mi vergüenza. Y por supuesto que me estrellé contra el fondo del acantilado.
Pasar del cielo al subsuelo tan repentinamente fue un tránsito muy amargo y, otra vez, no sabía qué hacer con todo ese cúmulo de sensaciones quebrándome por dentro. Ya en mi cuarto, caminaba en círculos diciéndome cuántas cosas cuando de pronto y sin saber por qué abrí una de las puertas del escaparate. Allí estaba esa vieja guitarra que enseguida estuvo entre mis brazos sonando con un amor que yo tampoco conocía, entre lágrimas y consuelos, desde unos sencillos tres acordes que alguna vez había aprendido.
Clarisa nunca supo de esa primera canción, cuyo lenguaje hermosa e ingenuamente torpe yace para siempre en el cofre de mis recuerdos más queridos. Pero la revelación de ese “segundo” primer amor, hecho de sonidos amantes y amorosos con que digo y que me dicen, es desde entonces hasta ahora tesoro inmenso de mi fortuna, esperanza y alegría.



4 comentarios:
Me acuerdo que cuando yo era chiquita me encantaba que me contaras esta historia.
Me encanta tu blog!
tu hija
Natalia
Natalia: Y a mí me gustaba la expresión de tu rostro cuando escuchabas de mí anécdotas semejantes. Gracias por tu comentario.
Que linda la historia! Ya la había escuchado pero no me acordaba de la mentirita de mi mamá! Besos
Tu blog esta sabroso de leer...
maría alejandra: De las cosas que uno se va enterando, ¿verdad? Y bbueno, uno trata de sazonarlo lo mejor que puede.
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