sábado 12 de abril de 2008

Lo Mejor del Mundo


(Recreación casi literal):
¿El mejor cantante del mundo?, por supuesto que Pavarotti. Tú estás loco, mejor técnica y color vocales son de Plácido Domingo. A mí, en cambio, me parece que el mejor del mundo es Julio Iglesias, quien además es el que más discos ha vendido en toda la historia. Pero dónde me dejas a María Callas, aunque pobrecita, siempre fue tan sufrida… ¡Perdónenme pero discúlpenme, ustedes están perdidos de sifrinos porque Oscar de León es el Sonero del Mundo y, para más señas, ve-ne-zo-la-no…!

En la ensalada fueron incluidos también, por mencionar algunos más, Serrat, Silvio Rodríguez, Bob Dylan, Bob Marley, Yes, The Beatles, Cristina Aguilera, Cherry Navarro y hasta La Lupe. Nunca como cuando se trata de política o de fútbol o de béisbol, pero ya empezaba a notarse cierta tensión luego de pasar de la ironía al sarcasmo, del sarcasmo a la burla, y de la burla a la descalificación. Eran días de un diciembre cualquiera y, casi que milagrosamente, llamaron con urgencia a la mesa porque las hallacas estaban enfriándose. Perfecta excusa para cambiar de tema y de ánimo.

Siempre me ha producido asombro (que no maravilla) esa tendencia a la identificación de lo que más gusta o se desea con lo que debe o debería ser lo mejor de todo, resultando entonces que cuando otro tiene (como cabe esperar) una impresión distinta, es percibido hasta como una afrenta. Será tal vez por la necesidad de sentir que se tienen “verdades” con las que representar al mundo, las cuales están emparentadas con los gustos y deseos, de tal suerte que esa asociación genera acaso un poco de sosiego, seguridad y, por qué no, una vaga sensación de control o de poder. La contradicción entonces es percibida como posibilidad de naufragio, y vienen las resistencias, las defensas, los ataques. Muchas veces todo termina en una competencia donde cree que gana el que cree haber esgrimido a ultranza los “mejores” argumentos, adornados con los “mejores” recursos retóricos que cree disponer. Usualmente a costa de rabias, muchas rabias.

Eso pensaba mientras paladeaba una muy sabrosa hallaca. Casi al final, ensimismado como estaba en ambas cosas, concluí que me resultaba muy difícil saber o creer que algo o alguien realmente pudiese ser lo mejor del mundo; aunque si alguna vez exponía eso a alguien que tuviese impresión contraria a la mía, lo haría (con el mayor respeto que el otro mereciese) como sencilla presentación de un punto de vista y no como el mejor argumento del mundo.


Rompió mi alcanzada calma el comentario del fulano aquel: “Las de mi madre son las mejores hallacas del mundo”.




2 comentarios:

Anónimo dijo...

Por personas como usted, creo en la trova y por la trova, me hice trovador, aguante hermano!!



Alberto

Carlos Jaeger dijo...

ALBERTO: Tu comentario me honra y, ciertamente, me da ánimos. La ruta no ha sido fácil, pero uno va con lo mejor del alma propia y colectiva por delante. Aguantemos juntos, hermano.