martes 29 de abril de 2008

El Cantar de la Vida

Mi apartamento no tiene balcón. La sala sólo dispone de un ventanal de vidrios corredizos, cuya visual da con una reja blanca llamada a contener la entrada de amigos de lo ajeno; pero, reja al fin, termina otorgando cierta sensación de impedimento a la mirada moradora en su interior. Para matizar esa rigidez funcional y darle vida al espacio, coloqué materos en la parte inferior de los barrotes y sembré en ellos varios cactos como de 40 centímetros de alto, ya que desde hace años han sido plantas que han llamado mi atención y ganado tanto mi afecto como mi respeto -entre otras muchas razones- porque son unos grandes sobrevivientes, aún en condiciones muy adversas. Bien bonitos que quedaron, adornados por un tupido manto de piedras blancas que cubría toda la superficie de su tierra. Luego de algunos años con ellos, un buen día empezaron a ponérseme marrones. A pesar de consultas y esfuerzos, no hubo forma ni manera: los cactos fueron secándose hasta morir. La causa nunca quedó claramente identificada, pero por encima otras opiniones, creo que fue por un rayo de tristeza.

Huérfano de aquel verde espinoso y habiendo decidido no reemplazarlo, puse las piedras blancas con otras matas de mi casa, pero deje los materos llenos de tierra en su lugar: desidia o añoranza, no sé; lo cierto es que pasada como una semana, cuando fui a limpiar los vidrios, vi cómo de toda esa superficie surgían diminutos brotes de nuevos y variados verdes que alumbraron mi sorpresa. Pensé que debía quitar por fin los materos para que no se llenaran de monte, mas esta vez me excusé con la pereza. Fue a mi regreso de un viaje cuando encontré en el sitio, instalado y orgulloso, todo un ecosistema. Abrí la ventana y me puse a observar aquel atrevimiento, inicialmente con cara de ¡qué vaina es ésta!, aunque seguidamente con expresiones sucesivas de incredulidad, asombro y maravilla. Por supuesto que, con excepción de unos helechos (por hablar nada más del mundo vegetal), yo desconocía los nombres de las otras plantas invasoras; sin embargo llegué a la conclusión de que el criterio de monte asociado a indeseable estaba cambiando en mi entender. Ello se consolidó en su contrario cuando me di cuenta de que tanta obstinación de ser en ese medio no soportaría mucho tiempo sin algo de agua. Y ahí me vi enseguida regando con una jarra. Y aquí sigue todavía este mini ecosistema silvestre, suerte de inesperado como bienvenido obsequio vital, con especies que hemos permanecido y otras que van o vienen de vacaciones, o simplemente de paseo. Créanme que una vez una pareja de pajaritos nos hizo su nido, transformándonos durante su estadía en maternidad y hogar de cuidados familiares (regar sin espantarlos requirió de extremo cuidado): fue una gran celebración.

Hay cosas que ocurren constantemente pero, como suele sucedernos, por comunes y corrientes se nos hacen invisibles. Recientemente cayeron un par de extemporáneos aguaceros. Días después tuve que bajar al estacionamiento del edificio –donde sólo pisos y paredes pretenden imperar - para recoger un paño que se me había caído por la ventana. Supongo que fue gracias a la experiencia anterior que mis ojos estuvieron mejor dispuestos a presenciar otra fiesta que había comenzado. En cualquier grieta o rendija ya la vida estaba haciendo su trabajo, ejerciendo su función, generando nuevos seres, rebelándose, siendo, defendiéndose terca e inexorablemente, contra el cemento de lo que pudiera parecer indeseable, improbable o imposible.

- ¡Ay, trovador, qué habrás hecho tú desde todo lo que esto representa! ¿Habrás sido capaz de cantar a la vida, cantar la vida y cantar vida?

4 comentarios:

nestor dijo...

La vida
(Silvio Rodríguez)

La vida de un pájaro en vuelo,
la vida de un amanecer,
la vida de un crío
de un bosque y de un río,
la vida me ha hecho saber.

La vida del sordo y del ciego,
la vida que no sabe hablar,
la del triste loco,
la que sabe a poco,
la vida me ha hecho soñar.

La vida voraz que se enreda,
la vida que sale a jugar,
la vida consciente que queda,
la vida que late en el mar.

La vida que brota de un muerto,
la vida que no se murió,
la de los desiertos,
la de un libro abierto,
la vida me ha hecho cual yo.

La vida que alumbra en el trueno,
la vida final de un adiós,
la vida goteando de un seno,
la vida secreta de un dios.

La vida que pende de todo,
la vida de cada emoción,
la vida en exceso,
la vida de un beso,
la vida me ha hecho canción.

(1993)

Hola Carlos!!! Saludos a Todos también!!

Aquí les mando la letra de esta canción de Silvio. Dice mucho.. No?

Tuve la dicha de crecer en una casa con un inmenso solar y eso mismo que tu viste en los materos yo lo vi multiplicado por cien quizás.

Actualmente me corroe la conciencia por algo que debo hacer pero no me atrevo. Una "avispa" decidió un día comenzar a hacer su casa en la ventana de mi cuarto y cuando la vi pensé en deshacer todo lo que habia hecho, por razones de seguridad; pero comencé a observarla y pude ver que se trataba de un ser tan trabajador y dedicado. Así que bueno, no me atreví, y creo que no me atreveré a derribar en un segundo todo lo que ella está haciendo en quien sabe si "una vida".
Así somos los "hombres" ante los demás seres que nos acompañan en este gran ecosistema que conformamos, destruimos sin detenernos a pensar en todo lo que eso pudo costar.. y lo que puede costar además.

Bueno... Un abrazo!! Ah Carlos procura buscarte una colonia de hormigas para tus materos, son seres muy interesantes! jaja. Saludos pues.
Néstor

Carlos Jaeger dijo...

NESTOR: Ciertamente Silvio es un trovador vital y es una fortuna saber de su existencia y disfrutar de su canto. Con respecto a la avispa... bueno, ella tiene su aguijón y no es muy grato ser picado. Supongo que se trataría de determinar, de acuerdo con el lugar que eligió, cuánto riesgo representa para tí. Habría que sopesar conciencia y altruísmo con seguridad. Respecto a nuestro gran ecosistema, La Tierra, está real y gravemente amenazado; y los agentes causantes como que juegan a no querer darse cuenta de ello o hacerse de la vista gorda, fundamnentalmente por razones económicas. El debate está en boga y por fortuna hay grandes movimientos a nivel internacional en contra de aquello. Por último, sí hay una colinia de hormigas en mis materos, entre otro tipo de bichos cuyos nombres desconozco. Saludos.

Anónimo dijo...

Esos cactus además de hermosos, dan la imagen de barrera protectora para intrusos y también impide a los que viven en la casa salir fuera. Porque a ver quién es el valiente que se asoma por la ventana con esos pinchos.

Lo asombroso es que crezcan nuevas plantas de la nada y sin regarlas. Eso se llama belleza y milagro.

¿Vives cerca de la selva?

Un saludo,

Carlos Jaeger dijo...

ANÓNIMO: Sí, vivo en una suerte de selva de cemento en la que, por fortuna, aún el verde colorea vida. Concuerdo con tu asombro, pero desde que me llegó este ecosistema lo riego cuidadosamente. Respecto a los cactos, concedo: touché; aunque como ya viste, los cactos me dejaron hace mucho... pero hoy sigo verde (y sin espinas, creo). Gracias por tu comentario.