jueves 23 de octubre de 2008

¡MANEJE CON CUIDADO: SERES HUMANOS EN LA VI(D)A!


Todos los días sale un tonto a la calle: quien lo consiga, es suyo. Esa conseja tiene varias lecturas. El aprovechamiento fácil a costa del otro es una de ellas, matizada quizás por el agregado de que, desde esa óptica, hay que usar al otro cuanto más se pueda y si hubiera que joderlo, pues ni modo: daños colaterales que son inevitables en todo tipo de guerras. En el fondo, la tesis de una mal entendida supervivencia según la cual, en ese contexto, la forma de tener acaso la posibilidad de mantenerse y surgir implica entender al de al lado como un competidor que me acecha, entendiendo que se trata de él o yo. Y, por supuesto, yo primero. Claro, todo esto en el sobreentendido de que es lo económico (el dinerillo, pues), lo que preponderantemente dibuja el sentido de la manutención y el surgimiento. La escasez –desde tantos planos-, la hostilidad, la ignorancia y la falta de sensibilidad tanto en el medio como en la persona, explicarían semejante concepción, incluso para darle su justificación. Y el que quisiera no practicar en y con su devenir desde estos supuestos, correrá el riesgo de ser tenido en la consideración de tal ambiente como el gran tonto que, de salir a la calle, podrá ser objeto de apropiación por parte de aquella viveza depredadora. Si es que lo permitiese, sea dicho. Habría que cambiar tanto, cada quien desde adentro y colectivamente en el afuera, para transmutar ese paradigma. Tirar la primera y sucesivas piedras sin esconder la mano.

Afilando el foco hacia la canción, es fácil toparse con que ésta por lo general es tenida como una mercancía más en los ámbitos del negocio humano. Quienes lo tienen así de claro, juegan al juego de la cosa y objetivan de tal manera este qué hacer, que lo que importa por tanto es sólo el oficio productivo cuyo valor de consideración no es la mayor o menor realización humana, salvo que entendamos por tal la obtención de ese beneficio de intercambio comercial que pone de acuerdo a todos ellos, desde el creador, pasando por el fabricante, los demás intermediarios, y que por supuesto incluye en su término al consumidor. Entonces, de manera gruesa, se crean y practican toda clase de recetas en la cadena que, cuando resultan, deja muy contentos a sus integrantes. Por supuesto que dentro de tal entorno se hallan por un lado los listos y por el otro los tontos-que-todos-los-días-salen-a-la-calle, y constantemente somos testigos de la burbujeante rapiña que llega a armarse en esos predios, porque la trascendencia se hace palpable gracias a sus medios de difusión que se encargan de exponer la situación como ejemplo de y reforzamiento a la viveza.

Pero entonces también están los tontos-de-todos-los-tontos, esos extraterrestres vitales o degeneraciones del cómo se plantea la cosa, quienes quisieran hacer y realizar desde una dimensión ajena a la apenas mencionada, pero inevitablemente dentro del circuito social donde impera la macolla. Esos son los peores, aunque si son susceptibles de producir beneficio, pasan de un tirón a ser los mejores: la utopía y la inocencia rindiendo frutos, ¡habrase visto! Hay incluso algunos de ellos quienes, dándose cuenta del hecho y sus circunstancias, son capaces de recurrir al método del aprovechamiento del otro sobre sí para simplemente poder hacer; sin embargo, estarán también quienes, a pesar de todo, decidirán por el no hacer desde dichas condiciones sino esencialmente desde las propias: pobres seres que acelerarán con dolor adicional e innecesario su extinción darwiniana. Ciertamente ha habido casos excepcionalísimos de grandes-tontos que sí han podido hacer desde su tontería y que les ha ido extraña y paradójicamente bien, habiendo no obstante pasado por el filo de la navaja del aprovechamiento por parte del sistema. ¡Vaya racimo de cruces!

A estas alturas del discurso y la palabra, debo confesar con humildad que tenía el propósito de derivar la inicial idea hacia la dificultad que para algunos se nos presenta, a la hora de negociar con disqueras (y resto de ese medio en general), teniendo en mano sólo canciones e intenciones que han salido del alma. Y además, plantear la necesidad que surge consecuencialmente de poder contar con la intervención de alguien (los llaman managers o manejadores o representantes) que, respetando a la obra y al obrador, intermediase con la dignidad y el equilibro que uno esperaría tuviesen quienes no tienen el alma en juego (comercial), pero en quienes sí jugase un sentido humano al momento de relacionarse. Había también la intención de mostrar lo terrible y dolorosamente difícil que resulta no poder o saber conseguirlo. Pero las manos hablaron por sí solas y, la verdad sea dicha, no quise contradecir ese resultado porque tal vez, en el fondo, era eso lo que precisaba exponer en esta oportunidad, en el marasmo de estos días. Así ha quedado y así lo he dejado. Probablemente se trate de querer irle otorgando sentido a las decisiones que he ido tomando y a las acciones que he venido realizando, con el fin de atenuar los temblores que asaltan cuando pienso en tantas cosas para las cuales no sé si he estado o estoy preparado. Por aquello de la supervivencia y quienes terminan siendo sus merecedores. Aunque viéndolo mejor, probablemente no haya habido mucho desfase entre lo hecho y lo pretendido, ya que usualmente muchas cosas se conectan a través de las esencias… En todo caso, aunque usted no sea un manejador, permítame someter modestamente a su entendimiento una brevísima solicitud que entiendo en beneficio del alma colectiva: por favor no olvide tener la mirada de la consideración y la comprensión puestas en la ruta del tránsito de sus días. Creo que es un ejercicio de crecimiento. No sé si muchos o pocos, pero sí lo apreciaremos enormemente.

viernes 5 de septiembre de 2008

TIC-TAC (reconfirmación de la relatividad –en la percepción- del tiempo)


Cuando a comienzos de febrero de 1992 entré en la oficina del Director General de aquella transnacional del disco, ciertamente fui recibido tan cortésmente como hacía tres años y pico atrás. Como intuía el valor del tiempo de una persona en semejante cargo, fui directamente al grano: extraje de mi portafolio, colocándolos sobre el escritorio, algunos ejemplares de un disco completamente terminado y que tenía por título Poetas. Se trataba de la musicalización que había hecho de textos poéticos de autores venezolanos, cantados por este servidor con el acompañamiento de la banda de músicos conformada para tal fin, de nombre Solamente Todos. Inmediatamente dije que sometía a la consideración de aquella disquera la edición, distribución y promoción de esa producción. El hombre quedó algunos segundos alternando su mirada entre los discos y mi persona, para luego, con una sonrisa tanto amplia como socarrona, preguntar así como si nada:

- ¿Por qué demoraste tanto?

Fue debido a la sensibilidad particular con que debía ser emprendido ese proyecto, cuya finalidad era la de querer reflejar y traducir su esencia vinculada con el hecho creativo: el poema, la música, los poetas, los músicos, y, en general, la poesía misma. Me pareció congruente que, así como en el proceso de musicalización había tenido muy en cuenta procurar decir el poema (aunque inevitablemente desde la percepción del musicalizador, pero de eso se trataba), los músicos que interviniesen en el proyecto tenían igualmente que participar creativamente de manera individual y colectiva en la elaboración de los arreglos y en la interpretación de los mismos. El gran requisito era sentir con el alma esas canciones (música y la letra por igual). Muchos fueron los intentos infructuosos de querer hallar ese perfil, porque estaba partiendo casi desde cero, y mis recursos económicos no eran los suficientes para enfrentar ese propósito de una forma profesional, como suelen llamar eufemísticamente al cuánto hay pa´eso. Lo único que podía ofrecer era, además de una experiencia creativa que prometía ser interesante, mi resolución de que el resultado final sería un disco y de que me las ingeniaría de alguna manera para conseguir decentes honorarios profesionales a quienes me acompañaran. Debí comprender la suspicacia con que varias veces fui tratado porque las personas quieren protegerse de los charlatanes sueltos por el mundo, los aprovechadores de oficio; pero por otro lado debo decir que, indudablemente, me topé con muchas incomprensiones injustificables. Pero, después de todo, la perseverancia y la buena fortuna hicieron posible la conformación de una agrupación de músicos ganados favorablemente a la idea, que pusieron toda su dedicación, empeño y convicción en un proceso que además de artístico, fue afortunadamente colmado de mucha humanidad, por supuesto en nada exento de errores, imprecisiones y novatadas.

Fue porque se trató de un dedicarse artesanalmente a la elaboración conjunta de una propuesta que amalgamase la diversidad de tantos poemas como poetas, todo en un discurso musical homogéneo. Desde que empezamos a trabajar, fueron seis meses de sucesivos encuentros ideando los arreglos, y doce meses adicionales de ensayos en los que siempre debimos prestar particular atención a las posibilidades de tiempo de cada uno de nosotros, porque como era de esperar, cada quien debía ocuparse de atender su propia cotidianidad. Igualmente fue necesario (y trabajoso) conseguir un lugar para ensayar donde no tuviésemos que pagar alquiler ni molestásemos a nadie acústicamente. Todo eso se logró con mucha mística y gracias también a la solidaridad de personas que siempre estuvieron a la altura de la verdadera amistad.

Fue porque, una vez que nos sentimos preparados, había que grabar. Costeé (ahí no me salvé) la realización de un demo en el estudio de un conocido, el cual luego acompañé de un proyecto que presenté en un banco para que patrocinara los gastos de grabación discográfica de un trabajo musical que pretendía colaborar en la proyección de la poesía venezolana. La idea era hacer una edición de ese material que el banco conservaría para distribuirla privadamente a propósito de fechas navideñas que se aproximaban, dejándome en propiedad el master y algunos ejemplares del disco. La propuesta fue inicialmente bien acogida aunque con algunas dudas sobre nuestra capacidad de llevarla a cabo, por lo que decidí producir por mi propia cuenta (aquí tampoco me salvé) un concierto en el Teatro Nacional que las despejara. Para ese momento era todo o nada. Para fortuna nuestra, el concierto salió bien, fue favorablemente bien reseñado por los medios, y el banco aprobó el patrocinio. Ahora había que conseguir el estudio, el ingeniero de sonido, un encargado de la producción de campo.

Fue porque grabación, mezcla y masterización demoraron dos meses. Las pautas fueron fijadas en horas de la noche debido a que, siendo yo el productor y director general, y debido a que trabajaba como abogado durante el día, era el espacio de tiempo con que contaba para tal fin. Comenzaban a las nueve de la noche y llegaron a extenderse hasta las cuatro de la mañana. De ahí salía a dormir unas tres horas para luego ir a mi trabajo diurno, del cual salía como a las siete de la noche, para ir otra vez al estudio. Ya en esa recta final se habían deteriorado, entre otras cosas y entre otras causas, una relación de pareja y mi salud. Pero quedaba por resolver la replicación de los discos, diseñar el arte gráfico y entregar lo acordado al banco patrocinante.

El Director General de aquella transnacional del disco me había hecho su pregunta. En el lapso de tiempo que medió entre su formulación y
mi respuesta, me representé explicarle acaso una apretada síntesis de lo que significó hacer ese disco. Pero intuyendo el valor del tiempo de una persona en
semejante cargo, la pertinencia en ese momento de una explicación así representada y el tono de su pregunta, sólo se me ocurrió responder desde una sonrisa semejante a la suya, así como si nada:

-Fue para hacerme el interesante.




jueves 31 de julio de 2008

Sentido de Vida


Sólo quería cantar unas canciones. Y no es poca cosa. Descubrir la vocación, tomar la guitarra como punto de partida para la expresión del canto, dedicarse a componer, decidir qué de lo creado verdaderamente expresa, y con lo escogido trabajar afanosamente para que su resultado quede expuesto de la mejor manera posible, para que por fin uno pueda atreverse a compartirlo con los demás. Se dice rápidamente, pero lleva lo suyo. Años. Cuando hubo llegado el momento de considerar elevar la propuesta más allá, porque se trataba de algo a lo que uno había decidido darle un sentido especial, una condición de ejercicio vital, justamente allí comenzó otra etapa en la cual fue posible sentir –padecer- inmediatamente lo empinado y escabroso que implicaba desarrollar el empeño, debido a una serie de variables que en muy poco dependían de la condición o del esfuerzo de quien debía hacerlo. Porque en esto, como en tantas cosas, no se trata solamente de poseer o no talento.

Sólo quería cantar unas canciones. Y sucedió por fin que un día me vi ante la encrucijada: dejar esa expresión únicamente en el desenvolvimiento de una esfera restringida a lo inmediato de mi entorno, o hacer además los intentos que se me ocurrieran necesarios para alcanzarla hasta más allá. Creer sinceramente en lo que había ya realizado me inclinó por el camino amplio. Pero por dónde empezar a recorrerlo era lo difícil de decidir. Cuando hay que comenzar desde cero, y teniendo como propósito eso de esencialmente querer compartir unas canciones, como decir querer compartirse uno mismo con los demás pero desde el ser, sin cortapisas exteriores –menos aún las impuestas-, al camino como que comienzan a salirle espinas y silencios. Pero uno empieza a buscar y buscar y a seguir buscando siempre. Y uno empieza también a conseguir y a darse cuenta.

Desde el principio no tuve que hacer grandes elucubraciones para percatarme de que había nacido para martillo, pero que del cielo no me caerían los clavos. El problema llegó a consistir en que para fabricar los clavos y escoger la madera para clavarlos, tendría que hacer una serie inmensa de actividades que en nada se parecían a componer y cantar canciones, y que requerían de una gran inversión de tiempo y energía, tanta como componer y cantar, pero que le sustraerían lo que necesitaban estas dos actividades que, a fin de cuentas, eran la esencia de todo lo demás. Contradicción, paradoja o lo que fuese, no quedaba otra alternativa que proceder en consecuencia, aunque tratando de balancear esos dos extremos de la incertidumbre. El silencio fue una hipótesis que no sería objeto de consideración como una elección consciente, por un lado; y por el otro, estaría dispuesto a realizar todo lo necesario, sí, pero sin querer pasar por encima de nadie, incluyéndome. En todo esto habría que incluir también lo de tener que ganarse el sustento: desde una perspectiva como la que estaba escogiendo, aquello habría de convertirse en un dolor de cabeza adicional que siempre ha sido persistente.

Supongo que hay que tener mucho de confianza, esperanza, inocencia y osadía para embarcarse así en tal empresa. Y si bien decidí cantar estas canciones preferiblemente donde sí quisieran escucharlas, también decidí hacerlo con la voz más entera y firme que pudiese conseguir, aún a pesar de la sombra acechante del silencio, mi gran contendor. No obstante fíjense por favor, antes y después de todo, sólo quería cantar unas canciones. Y las he ido cantando, sí; a golpes y porrazos, sí; con todas sus notas y todas sus palabras, sí… y ciertamente de una manera que he creído bien parecida a mí esencia, compartiéndola sin más con quien ha querido acercarse con oídos frescos y humanos. En el contexto global eso es una fortuna y, en cierta medida, un éxito. Así entonces. Así, por lo menos, hasta hoy. Algunos me han dicho que eso define a la terquedad; otros, a lo inconveniente; más allá, a lo utópico. Podría responder a eso, en primera instancia, permutando con los términos perseverancia, necesario y posible; sin embargo, en definitiva, se trata de un sentido de vida. Nada más. Pero nada menos.


sábado 12 de julio de 2008

Exposición de Motivos


Porque somos la palabra con la que pensamos y la palabra con la que decimos. Porque enunciar es un ejercicio maravilloso, fecundo, con el que bautizamos y rebautizamos el mundo; porque es también la forma por excelencia para entender y hacernos entender (o como mínimo, para hacer el intento). Porque cuando la palabra nos falta (más o menos) o le faltamos a la palabra (más o menos), perdemos en esa medida un atributo preciado de nuestra condición humana.

Porque gusto de la palabra. Porque celebro su ser como hecho de vida, aunque sé que me faltará vida para conocer y adentrarme por toda su madeja; en todo caso, porque procuro con cada día hacerle un espacio nuevo, otro giro en mi alma que signifique un próximo descubrimiento, un enlace más, que acaso sea el atrevimiento de querer inmiscuirme todo lo que pueda en la percepción de este tránsito que, por un escasísimo tiempo de existencia, nos es dado realizar.

Porque somos el intento. Porque hay veces en que no alcanzamos a la palabra; como hay otras en que ella, simplemente, no basta. Porque entonces nos quedan el recogimiento y la humildad del silencio ante lo asombroso y a veces terrible de lo innombrable. Porque acaso sea por esta ocurrencia que el ser humano inventó el poema: para tener aunque sea una manera de pretender la generación de algún vaso comunicante con la poesía. Para tratar de asirla, sentirla, serla… Y para tratar de compartirla.

Porque este vehículo, capaz de contener emociones expuestas de la mano con la intención y que llamamos poema, es un muy amplio depositario de nuestro ser. Porque también se manifiesta de vastas formas. Porque entiendo al poema desde una perspectiva casi infinita -como pudiese ser imaginada la infinitud de la creatividad- aunque me refiera sólo por este instante al poema expuesto en la palabra dicha a viva voz, escrita o cantada.

Porque me fui construyendo primero como ser, luego como artista, gracias a la palabra dicha y cantada de tantos buenos escritores y trovadores, a cuyo trabajo tuve la fortuna de acceder y que, pretendiéndolo o no, sembraron una semilla por la que no tendré vida suficiente para dar mi agradecimiento.

Porque al lado de las propias canciones con las que empecé a ejercerme como trovador, me vi -al cabo del tiempo y el resultado- descubriendo musicalidades en ciertos poemas de otros que decían la vida de una manera que, en mi interior, se volvían sin más canciones que necesitaba cantar.

Por esas razones que pudieran parecer esbozos, y otras semejantes para cuya exposición me faltan justamente las palabras, fue que a la hora de representarme la realización de un primer disco, tomé la decisión de hacerlo con las musicalizaciones que había realizado de textos poéticos de autores venezolanos. Sabía lo que me esperaba como consecuencia de esa decisión, habida cuenta las experiencias anteriores. Para algo tenían que servir el darme cuenta; el empeño-casi-terquedad; el sentido de importancia que otorgué al qué hacer y al cómo; y, por qué no, la juventud. Con lo anterior, tenía entonces las canciones y un título para el álbum: “Poetas”. Faltaba todo lo demás.

viernes 13 de junio de 2008

A Quien Pueda Interesar...



Unas muy hermosas vacaciones tocaron a la puerta de mi casa con una propuesta realmente imposible de rechazar...

Hasta dentro de aproximadamente tres semanas.

Sin otro particular por los momentos, me despido de ustedes.

Atentamente,
Carlos.

jueves 5 de junio de 2008

...con el canto más ardiente.

Lo primero que me llamó la atención al ir llegando a la ciudad de México fue su enorme extensión. Cuando el piloto del avión nos indicó que estábamos entrando al perímetro de su área, me asomé por la ventanilla y me quedé viendo. El tiempo pasaba que pasaba; abajo, más y más ciudad. Asombroso. Lo segundo que noté al salir del aeropuerto -de ahí en lo sucesivo- fue un olor a kerosén en su aire. Supe entonces que, siendo una de las ciudades más pobladas del mundo, posee una atmósfera contaminada por emanaciones de combustibles de automóviles. Eso empezó a preocuparme por aquello de la irritación en la voz, aunque luego me tranquilicé al darme cuenta de que podía acostumbrarme. Es que mi visita era con fines artísticos: iba a participar en el marco del Gran Festival Internacional de Ciudad De México, en su versión del año 1989. Lo tercero que percibí se vincula con su gente, su modo de ser y de expresarse: llamativamente amable y parsimoniosa. Con lo último tendría algún pequeño problema porque, en términos relativos, yo me expresaba –trópico de por medio- con una prisa ajena a ellos, la cual por mi inadaptación llegó a dejarme en ciertos casos ligeramente desesperado, pero no más que eso. Lo cuarto, en esta no extensiva enumeración, fue la imponente belleza de los lugares que visité. Es gratificante admirar esa otredad que se ofrece al visitante extranjero, y me parece que es así en la generalidad de los casos cuando podemos visitar lugares distintos a los de nuestra procedencia.

Pero de todo lo anterior, hubo algo que jamás se me borraría ni de la memoria ni de la boca: el gusto que en esa tierra tienen por el picante. Yo llegué a rogar en los lugares donde nos llevaban a comer que a mi pedido no le pusieran, ni tantito así, de picante; insistía vehementemente de todas las maneras posibles, pero nada: lo que me juraban que no tenía picante, me picaba. Llegué a ver individuos que comían ejemplares enteros de picante jalapeño así como yo podría comerme una ración de fresas, lo cual me producía tremenda dentera. Ese fue para mí el único gran inconveniente con el que no pude lidiar.

Empezaron las presentaciones del itinerario. La organización resultó ser impecablemente detallista. Personalmente lo agradecía con mucha consideración pues era la primera vez que salía fuera de Venezuela para esos menesteres, y tener que ocuparme exclusivamente de cantar lo mejor posible atenuaba en algo al manojo de nervios en que suelo convertirme cuando de actuaciones públicas se trata. Es algo que me ha dado rabia conmigo mismo, pero que con los años he tenido que aceptar más o menos pacíficamente como una indeseable característica con la que debo convivir. Estaba muy contento en todo caso, debido a que ocasiones como un encuentro internacional son proclives para generar lazos con personas de muchos lugares que hacen creativamente cosas semejantes, lo cual suele redundar en crecimientos artísticos y humanos.

En ese estado de cosas, surgió el ofrecimiento de que fuese a cantar en una actividad fuera de la agenda oficial del festival. Sería al día siguiente a las 10:00 am en una plaza pública, y en tarima estaríamos dos agrupaciones y este servidor acompañado con su guitarra. Acepté enseguida por la emoción del momento, haciendo caso omiso al hecho de que mi voz por las mañanas es un desastre, y así como hasta las dos de la tarde cuando empieza a aclararse. Pero bueno, al día siguiente tuve que levantarme a las cuatro de la madrugada –todo un crimen para mí- previendo lo de la voz y porque, de todas maneras, cruzar la parte de la ciudad hasta el destino demoraría dos horas y media por causa del congestionamiento vehicular. Ya en el sitio, no obstante la temprana hora, tarima y sonido estaban a punto; incluso había un espacio muy bien acondicionado como camerino. Ver para creer.

Hora de la prueba de sonido. Es usual que los participantes hagan dicha prueba en orden inverso al de la presentación, para que cuando el acto arranque, el que vaya a comenzar lo haga directamente sin mayores arreglos. Sin embargo, para sorpresa de todos los demás, una de las agrupaciones insistía sin mayores razones en hacer su prueba en último lugar, siendo que según la pauta yo abriría el recital. El organizador discutía, las bandas discutían, el sonidista discutía. Yo permanecía callado porque, acostumbrado por lo general y a mi pesar a salir sin prueba de ningún tipo, ya me daba igual. La cuestión quedó en la simple anécdota, hicimos cada quien su prueba (la banda aquella se salió con la suya), y todo quedó dispuesto cuarenta minutos antes de la hora fijada en la convocatoria. Perfecto.

Después de hacer calentamiento de voz y guitarra, decidí dar un cortísimo paseo por la amplia plaza para despejarme la cabeza. Imperdonable error. No es para nada recomendable ausentarse de los lados del escenario justo antes de un acto porque entonces Murphy puede hacer de las suyas. Con un día tan radiante, entre la gente que ya se había aglomerado, divisé a lo lejos un carromato lleno de frutas al que me acerqué. Esa estampa era digna de una postal. Frutas enormes, variadas, de color intenso, realmente apetitosas. Por eso no me contuve y le dije a la anciana mujer que atendía señora, por favor, deme una ración de ese maravilloso mango que tiene ahí. Yo, absorto como estaba con el ambiente de la plaza, de pronto me vi con un plato de mango entre las manos y un tenedor. La boca se me hacía agua…

Agua era lo que iba a necesitar. Lo primero que sentí al introducir el primer bocado fue un terrible desconcierto. Hablo de centésimas de segundos. Inmediatamente fue creer que había comenzado a masticar la suave lava de un volcán. Al momento en que mis ojos empezaron a segregar inmensos lagrimones, fue cuando reparé en que aquel mango estaba inundado del picante más arrecho que jamás hubiera probado en mi vida. Antes de dejar caer el plato al suelo, apenas pude reclamar a la mujer: ¡Señora, cómo se le ocurre ponerle picante al mango! Y antes de pegar una desesperada carrera, apenas pude escuchar la respuesta: ¡Pos por qué no me dijo que no le pusiera!

Preguntando como loco por algún expendio de bebidas, parecía un camión de bomberos pero con el incendio encima. Hallado el lugar, pedí para tragarme de un jalón un litro de agua y otro de leche (no me pregunten por qué leche, fue impulsivo). La quemazón disminuyó únicamente para hacerse tolerable con mucha fuerza de voluntad. Para colmo, mientras pagaba la bebida, un niño entró al local pidiendo que le vendieran una de las chupetas con chile que exhibían en el mostrador. ¡Auxilio! Con la impresión de que mi actuación sería recordada por lo que tiempo después hubiese sido una versión masculina de los labios de Angelina Jolie, así como sabiendo que tendría que hacer de tripas corazón, tuve que ir con paso apurado a la tarima con el tiempo justo para escuchar al organizador diciendo: ¡En cinco minutos el venezolano a escena para cantar!


jueves 29 de mayo de 2008

Breve Carrera Comercial (o "quién ha visto un negro como yo")

Tú estás loco, Claudio; el tipo de canción que yo hago no tiene nada que buscar ahí. Pero Claudio, con verborrea llena de mucha convicción, fue tercamente insistente: que me dejara de pendejadas, que no tenía nada qué perder y sí mucho que ganar, que hasta cuándo iba a seguir yo con esa actitud floripondia de una canción que no pensaba en lo comercial, que había que hacer concesiones y dejar de ser un pela bolas prejuiciado. Aún sabiendo que su intención de ayudarme era sincera, continué tratando de contarle fallidas experiencias anteriores y de mi impresión de que la gente que maneja esos circuitos suele no querer nada con propuestas como la mía, agregándole que mi propósito no era hacer apología del pelabolismo floripondiano o desvalorizar el dinero habido en buena lid. Pero ya sabía que él no deseaba escuchar ese tipo de razones. Muy inteligentemente remató con aquello de que si no lo probaba cómo podría realmente decir que no había valido la pena. No había terminado de aceptar –con desgano- cuando me informó que la recepción de grabaciones de canciones terminaba al día siguiente. ¡Qué bolas, yo no tengo grabaciones hechas! Pues ponte las pilas de una vez. Y colgó el teléfono.

Con un plazo tan perentorio y sin posibilidades de hacer algo mejor, aunque fuese por orgullo propio, tuve que recurrir al grabador portátil con micrófono incorporado, colocarle el cassette, tomar la guitarra, presionar simultáneamente play + rec, y ponerme a cantar una canción del desamor de pareja que alguna vez había compuesto. La tercera toma me pareció decente, así que hice un paquete colocándole los datos de identificación y ubicación, para enseguida dirigirme a la planta de televisión del canal 8 con el objeto de inscribirme en un concurso abierto, donde sería escogido (entre los finalistas y por votación de un jurado calificador) nada menos que el representante venezolano para El Festival OTI de la Canción 1988.

Salí de esa oficina destornillado de risa porque, con una presentación tan precaria, daba por sentado que ni me llamarían por teléfono para darme el resultado. Pero sí me llamaron. Una voz de mujer muy neutra me comunicó por teléfono que, entre trescientos y pico de aspirantes, habíamos sido seleccionados doce para la final que se realizaría en la Sala Mata de Coco, en ceremonia transmitida en vivo y directo a todo el país por la emisora de televisión. Y muy importante: en tres días debe consignar el arreglo original para orquesta y el nombre del director que lo acompañará en su interpretación, buenas tardes. Y colgó.

En sus marcas, listos… ¡Partida! Arranqué como lo haría mucho después la protagonista de Lola, corre, Lola. Mi primera y principal parada fue en la casa de un ser humano espléndido llamado Miguel Delgado Estévez, quien se cayó de culo cuando supo lo que esperaba de él, de mis nulas posibilidades económicas y de cuál canción se trataba. Una vez recuperado terminó por aceptar, pero eso sí, ya que vamos a jugar a la canción comercial, y siendo la tuya muy trovosa, el arreglo que haré va a ser el del propio tema OTI. (Pasaría dos noches casi sin dormir para tenerlo a tiempo). Seguidamente mi amiga Jessica me aconsejó un buen vestuario, para lo cual ofreció confeccionarme gratuitamente una chaqueta de cuero que estuviese a la moda. Y mi novia para entonces agregó que, por lo tanto, harían falta camisa y pantalón adecuados, por lo que me acompañó a escogerlos. Por otro lado, mi amigo Luis Carlos colocó el ya terminado arreglo de la canción en un secuenciador y me lo grabó en una cinta para que pudiera ensayar, sin cobrarme un medio. Me costó reconocer mi propia canción en esa versión OTI. A esas alturas de la carrera constantemente rondaba por mi cabeza la pregunta de qué carajos estaba haciendo. Pero había aceptado el desafío y por fin decidí llevarlo a cabo con todas las de esa Ley; es decir, el más puro barranco. Habiendo visto por la televisión a tantos cantantes comerciales, decidí seguir una especie de patrón de interpretación, sobre todo con lo relativo a los gestos corporales que son auténticos clichés, y con todo eso armé una especie de rutina que aprendí de memoria para ejecutarla exacta el día del festival, con apenas un solo ensayo con orquesta de por medio, una prueba de sonido de quince minutos por participante y toda la parafernalia promocional previa.

Al final del evento, el jurado dio su veredicto mencionando un nombre que no era el mío. Para ese momento me encontraba tranquilo y recibí el resultado con el alivio de que toda esa experiencia, con la parte de vértigo extraño que había tenido, hubiese al fin terminado. Sinceramente, en el fondo me incomodaba la posibilidad de extender todo aquel andamio hasta un nivel internacional, y hubiese sido cruel para conmigo, mis percepciones e ideales, que justamente de esa manera fuese cómo mi qué hacer en el canto tuviese posibilidad de alguna trascendencia. Así ni tendría sentido ni me serviría. Y ante aquello, en ausencia de otra alternativa, prefiero el anonimato y la escasez. Pero fuera del vértigo, debo rescatar de este episodio dos cosas: una, la importancia que para mí representó la solidaridad de las personas que pusieron su esfuerzo y buena voluntad para ayudarme tan humanamente; otra, que estando en el camerino luego de la presentación, vino uno de los organizadores con una tarjeta del Director General de una transnacional discográfica, con indicación de que lo contactara. Me la entregó diciéndome: No habrás ganado, pero estás llevándote el "premio". Vamos a ver, le contesté. Y efectivamente fui, pero cuando los ejecutivos encargados escucharon mis canciones, salieron a con el rosario de ¿no tendrás algo más comercial? Pensando en la conversación que había tenido con Claudio, en toda esta anécdota y en mí, simplemente declaré la verdad: que no. Me acompañaron muy gentilmente hasta la salida, aunque antes pasé rápidamente por la oficina del Director Gerente y le pregunté a boca de jarro: Si algún día me presentara aquí con un disco mío hecho a mi manera, totalmente terminado y de aceptable calidad, ¿ustedes lo admitirían? Como por veinte segundos mantuvimos la mirada fija el uno en el otro, y al final me expresó con palabras que sonaron francas: está bien, sí.

Habrían de pasar tres años con dos meses y otro lote de carreras (ya no estrictamente comerciales), para que pudiera presentarme una buena mañana en la oficina de aquel sorprendido hombre con un disco bajo el brazo. Pero como si se tratara de un cuento interminable, diremos con Michael Ende que esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.